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canonical_url: "https://posdata.press/contenido/14044/viur-cap-35-buscando-a-ruvi"
title: "Viur, cap. 35: Buscando a Ruvi"
article_type: "Article"
description: "El día se apaga y el retrato cobra vida. Entre té y sombras, la verdad parece tan cercana como el sonido de un teléfono que aún no ha sonado."
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date_published: "2026-08-03T17:13:00-03:00"
date_modified: "2026-08-03T17:14:20-03:00"
tags:
  - "Capítulo 34"
  - "El Arca de Luis"
  - "Ficción"
  - "Literatura"
  - "Luis García Orihuela Posdata Press"
  - "Viur"
author_name: "Luis García Orihuela"
category_name: "El Arca de Luis"
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category_description: "Literatura. relatos y cuentos"
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# Viur, cap. 35: Buscando a Ruvi

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*POSDATA Press | Argentina*

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*[Por Luis García Orihuela](/contenido/12685/biografia-de-luis-garcia-orihuela)*

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La noticia, o mejor dicho, el descubrimiento de mi hermano Ruvi como el contratista de un asesino para quitar a mi padre de en medio y heredar su parte de la inmensa fortuna amasada, me había dejado perplejo, ojiplático. ¿Cómo era posible?

La mala fortuna, o quién sabe si el destino, quiso que al día siguiente me tuviera que quedar en casa sin poder salir. La noche anterior, en la terraza y con los nervios a flor de piel, resbalé al intentar entrar a la casa. Me hice un esguince al tratar de evitar caer de bruces al suelo. La noche no me sirvió para dormir, y apenas para descansar; en cambio, sí me sirvió para pensar y recordar. Volví a vivir, como en una moviola, mi paso por la vida y los momentos pasados al lado de mi hermano Ruvi. Ahora, con la perspectiva del tiempo y el conocimiento adquirido sobre su plan para matar a mi padre, muchos hechos cobraban un nuevo sentido. Su comportamiento en determinados momentos en casa, ya desde bien pequeños —y que yo entonces atribuía a rarezas suyas—, ahora adquiría matices sombríos. De bien pequeño había demostrado, en más de una ocasión, su poca o ninguna cercanía hacia los animales que habíamos tenido en casa y, bien mirado, seguramente tampoco hacia quienes formábamos parte de su familia, de su misma sangre.

Recluido en casa a causa del molesto esguince, no me quedaba más remedio que montar mi base de operaciones allí mismo y dejar —a pesar de no hacerme ninguna gracia— que Hui-Ying se convirtiera en una agente de campo al mejor estilo del FBI de las películas americanas. Decidí, pues, no perder el tiempo. Quedamos en que ella intentaría localizar al asesino y yo haría lo propio localizando a mi hermano. ¿Pero cómo encontrarlo? En cuanto tuvo en sus manos la parte de su herencia, se despidió sin decir dónde podríamos encontrarlo en caso de necesitarle, y desde entonces no había dado señales de vida. En aquel momento me había parecido lógico que quisiera poner tierra de por medio para intentar olvidar la muerte de nuestro padre y cualquier cosa que pudiera recordársela. Ahora veía con una claridad meridiana que su intención siempre había sido otra: quizás no arriesgarse de manera innecesaria a que, en un momento dado, se le fuera la lengua y dijera algo que nos hiciese sospechar de él. De no haberse evaporado, estoy convencido de que así habría sido. En términos generales, era de los que hablaban mucho y escuchaban poco.

Al día siguiente, mientras tomábamos el desayuno juntos como todas las mañanas, planificamos cuál sería nuestra forma de proceder a partir de ese momento. Por mi parte, decidí hacer algunas llamadas y probar si había suerte. De una u otra forma, sentía que debía dar con mi hermano. No sabía cuál sería el siguiente paso, pero sí sabía que él era una pieza necesaria en el puzle de la muerte de mi padre.

Ya estaba dispuesto a cortar la señal de llamada cuando, al otro lado de la línea, escuché la voz inconfundible de «La Sabanista Lola».

—¿Viur? ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! ¿Ya quieres cambiar de vivienda? ¿Vas a ser papá y necesitas una casa más grande? ¿Una niñera, quizás?

—¡No, no! Nada de eso. Y no necesito ninguna canguro. De hecho, estamos muy contentos con la compra de esta casa. Fue un acierto que me la ofrecieras.

—Pues claro, amor. Lo mejor siempre para ti. Ya lo sabes, no hace falta ni que te lo diga. Tú eres especial para mí. Siempre lo has sido y lo sabes. Quería mucho a tu difunto padre, que en la gloria esté. Era una gran persona. Lástima que pasara aquello…

—Precisamente te llamo por eso. Intento localizar a mi hermano. No sé nada de él y me gustaría poder hablarle de unos temas que quedaron pendientes. Pero desapareció sin dejar dirección de su nueva residencia. Ni siquiera sé si sigue en el país… He pensado que igual tú podías conocerla, ¿sí?

Por un segundo debieron de brillarme los ojos, esperanzado en que la dama fortuna me sonriera.

—Oh, Viur, cuánto lo siento. Pero desde que se hizo con su parte de la herencia no he vuelto a saber nada de él. Si puedo ayudarte en alguna otra cosa…

—No, no. Gracias de todas formas. Me alegra saber que sigues bien.

—Si das con tu hermano, dile de mi parte que, si necesita alguna vivienda, contacte conmigo a este mismo número de teléfono.

—Claro, claro. Descuida.

La llamada fue decepcionante, aunque interiormente tampoco esperaba otra cosa. Habría sido como llegar y besar el santo. No podía ser tan sencillo dar con él si su idea era no ser encontrado en el hipotético caso de que saliera a la luz la verdad. No iba a ser llegar y besar el santo, tal y como decía mi tía. ¿Y si la llamaba a ella? Era una apuesta arriesgada, sin duda alguna. Desde mi gripe no la había vuelto a ver ni la había llamado para nada. Obviamente le extrañaría mi llamada y querría saber más y más. Desde el otro lado del teléfono me realizaría una biopsia hasta sacarme toda la verdad; era incansable en esas cosas del cotilleo. Se podría decir que era una "Cotilla Premium". Decidí meditarlo bien antes de dar ese gran paso. Hablarlo con Hui-Ying cuando nos viéramos por la noche me pareció la mejor idea. Tomé una manzana roja de la fuente de mimbre y me dispuse a buscar un sitio en el que poner las piernas en alto.

Decidí preparar primero un par de sándwiches, más por distraerme mientras esperaba a Hui-Ying que por tener hambre. Eran poco más de las seis de la tarde y aún faltaban horas para su regreso de la casa de Dolores, pero el no saber qué hacer me ponía nervioso; estar ocioso me irritaba desde siempre y hacía que me picara todo. Me lo tomé con filosofía. Con la mantequilla del frigorífico unté por entero las cuatro rebanadas por ambas caras y las dejé a fuego lento sobre la gran plancha que habíamos comprado al mudarnos. Nada de prisas, me dije, y valió la pena la paciente espera. Serían las ocho de la tarde cuando Hui-Ying entró por la puerta, radiante y con una sonrisa triunfal en la boca que denotaba a todas luces lo contenta que se encontraba. Sin duda, el tiempo empleado en casa de Dolores había valido la pena.

—Lo tenemos —dijo con voz alegre nada más verme—. No será demasiado difícil dar con él si todavía permanece en esa zona.

Mientras Hui-Ying se cambiaba de ropa y se ponía más cómoda, puse al fuego un cazo con agua y preparé unas bolsitas de infusión para hacer té. Cuando volvió a entrar, el agua ya hervía y, al minuto siguiente, estábamos sentados plácidamente junto a la mesita con todo lo necesario. Llevado por el momento que intuí solemne y, tal vez, determinante en los sucesos futuros, incluí un camino de mesa con motivos florales japoneses en consonancia con el juego de té inglés Grindley, compuesto por la tetera, la lechera, el azucarero y las tazas con sus respectivos platitos; todo a juego. No pude evitar hacerme con un pequeño jarrón de cristal de Murano y añadirle unas rosas blancas del jardín, con el único fin de darle también un toque romántico al momento presente.

—¡Wow! Qué belleza has recreado para mí, Viur. Te lo agradezco mucho.

—No tiene importancia. Creo que hoy es un buen día para cuidar los detalles.

—Tienes toda la razón. Así es. Mira.

Vi el retrato que me ofrecía y, tomándolo por la parte del gusanillo con sumo cuidado de no mancharlo con las manos, me quedé mirándolo durante un tiempo que se me antojó infinito.

Era ese tipo de rostro que, al mirarlo, te deja claro de inmediato que su dueño no es alguien con quien se pueda bromear o jugar; cuanto más alejado estés de él, mejor será para tu salud. Eso era exactamente lo que transmitía aquel retrato al ser observado. Sus facciones eran inconfundibles e inolvidables: una nariz grande y estrecha como un cuchillo bien afilado, con un claro aspecto de entrometido; una boca curvada de forma asimétrica —quizás por la costumbre de llevar siempre un cigarrillo en la comisura de los labios— y el cabello corto y descuidado. Reunía, sin duda, todos los requisitos para captar la atención de cualquiera que buscase un asesino a sueldo o, cuando menos, a alguien sin escrúpulos.

—¿Digno de ser expuesto en una galería de arte? Has hecho un retrato con un acabado exquisito —comenté—. Tenías razón al decir que sería fácil dar con él. A no ser, claro, que haya permanecido escondido desde entonces.

—No lo creo. Está claro que es un asesino de poca monta. Un don nadie. Aunque peligroso, eso sí —dijo Hui-Ying tras dar un sorbo a su té y dejar la taza sobre la mesilla.

El sol comenzaba a ponerse. Los pájaros, como si presintieran nuestro estado de ánimo, aprovecharon nuestro silencio para regalarnos su trino.

A pesar de los pesares, el día no había estado tan mal.

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