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canonical_url: "https://posdata.press/contenido/14160/lira-es-la-palabra"
title: "Lira es la palabra"
article_type: "Article"
description: "Con mirada aguda y sensibilidad única, la autora nos invita a recorrer las tensiones y sutilezas de la vida cotidiana, iluminando aquello que suele pasar desapercibido."
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date_published: "2026-09-23T21:48:00-03:00"
date_modified: "2026-09-23T21:52:21-03:00"
tags:
  - "Cuentos"
  - "El reflejo de tu mirada"
  - "Juan Catlos Baglieto"
  - "La vida es una moneda"
  - "Literatura"
  - "Mirta Pavón"
  - "Posdatata Press"
  - "Relatos"
author_name: "Mirta Noemí Pavón"
category_name: "El reflejo de tu mirada"
category_url: "https://posdata.press/categoria/167/el-reflejo-de-tu-mirada"
category_description: "Columna literaria de poesía, relatos y narraciones."
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# Lira es la palabra

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POSDATA Press | Argentina

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[Por Mirta Noemí Pavón](/contenido/12689/biografia-de-mirta-noemi-pavon)

**Lira es la palabra   
“La vida es una moneda”   
Fito Páez**, álbum Tiempos difíciles (1982)   
Canción: Baglietto

**Inflación**

La familia almorzaba frente al noticiero. La voz del conductor traía malas noticias: el peso se devaluaba otra vez y en los bolsillos solo quedarían bonos, esos papeles con cara de dinero que nadie quería.

Marta escuchaba y pensaba en la cena. ¿Qué podía inventar hoy? El mes se estiraba con guisos de legumbres y mondongo, zapallitos rellenos con pan duro y especias para que rindieran, milanesas de hígado y polenta con salsa bolognesa aguada. Los adultos comían cada vez menos.

Las zapatillas de sus hijas estaban gastadas, con la suela pidiendo cambio. Por suerte estaba la abuela Victoria, que con retazos les cosía buzos y joggings en las noches largas.

Marta apenas tenía tiempo para su casa. Después de la escuela daba clases extra para llegar a fin de mes. Pero el recibo de sueldo de una maestra daba vergüenza. Los padres de sus alumnos ganaban más que ella.

Cuando cobraba, le daban patacones. Papeles decorados que había que cobrar haciendo cola bajo el sol, y que después nadie recibía. Caminaba por el centro con la esperanza de encontrar un lugar. Hasta que vio un cartel en una vidriera: “Se reciben patacones”. Entró y compró unos saquitos para las chicas. No sabía cuándo se los pondrían, pero había que cambiarlos antes de que no valieran nada.

Edesur sí los aceptaba. Por eso Marta se hacía cargo de la boleta de luz de sus padres y de la suya. Era la única forma de conseguir efectivo para comprar lo básico en el almacén del barrio.

Plata de verdad, la que por derecho le corresponde a quien trabaja.

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**Juanita**

Mario vivía en el barrio de Las Colonias, en Remedios de Escalada, muy cerca de los talleres ferroviarios. Durante años, el barrio fue motivo de bromas. Lo comparaban con Lanús y Lomas de Zamora mientras entonaban una vieja canción: —En Escalada no hay nada, no hay nada...

Sin embargo, quienes conocían su historia sabían que allí había mucho más que silencio. A principios del siglo XX, habían llegado los primeros operarios ingleses, especialistas en reparar trenes y locomotoras, dejando su huella en las calles arboladas y en las casas de estilo británico que aún sobrevivían al paso del tiempo.

Mario era el único técnico que seguía reparando aquellas antiguas heladeras sin freezer. Trabajaba desde hacía años en un depósito ubicado al fondo de su terreno, un lugar repleto de artefactos de todas las épocas, abandonados y entregados al olvido.

El barrio tenía abundante vegetación y un encanto particular, pero también una quietud inquietante. A veces, el silencio era tan profundo que parecía detener el tiempo.

Entre todas las reliquias que guardaba Mario, había una heladera muy especial: funcionaba con bloques de hielo. La mantenía impecable y, de manera extraña, seguía comprando barras para conservar bebidas en su interior. Quizás era su forma de mantener un vínculo con el pasado.

Las demás heladeras formaban un verdadero cementerio de electrodomésticos. Mario era un hombre austero; rara vez compraba repuestos. Extraía piezas de los aparatos que ya no tenían salvación y les daba una segunda vida en otros equipos.

Una noche, mientras trabajaba, escuchó un leve aleteo que parecía deslizarse entre los pastizales y perderse entre las viejas heladeras. Alzó su farol y alumbró el lugar, pero no encontró nada.

Durante un tiempo, aquel sonido lo inquietó. Sin embargo, terminó acostumbrándose. Llegó incluso a creer que podía identificarlo. Pensó que debía tratarse de algún insecto nocturno y decidió llamarlo Juanita, la visitante silenciosa de las noches.

Movido por la curiosidad, comenzó a seguir el recorrido de aquel movimiento apenas perceptible. Descubrió que atravesaba el terreno hasta llegar al frente de la propiedad. Poco a poco fue ampliando la búsqueda y comprobó que el trayecto continuaba hasta los talleres ferroviarios.

Allí descansaban viejos trenes de destinos olvidados, alineados como gigantes resignados a esperar la muerte.

Y fue entonces cuando la vio. Desde la oscuridad emergió una enorme tarántula de patas peludas. Avanzaba lentamente entre los vagones abandonados, cruzaba el descampado y se refugiaba en las viejas heladeras del depósito.

Aquella criatura abominable vagaba entre las tumbas, buscando un lugar donde detenerse en esa ciudad de muertos. Entre los restos de objetos olvidados por el tiempo, entre las tumbas de un pasado que, aunque parecía extinguido, volvía a respirar cada vez que alguien pronunciaba su nombre.

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