
¿Estamos persiguiendo la felicidad… o solo huyendo de nosotros mismos?
POSDATA Press
POSDATA Press / Argentina
Hace unos días, mientras tomaba un café, escuché sin querer la conversación de un empresario muy reconocido en mi ciudad. Hablaba con un amigo en la mesa de al lado. Contaba que tenía todo lo que cualquiera consideraría “éxito”: autos y moto para él, su esposa y sus hijos, casa propia, campo, viajes, comodidades. Cualquiera pensaría que se trata de un hombre afortunado. Pero de pronto dijo algo que transformó esa charla en una confesión íntima y profundamente dolorosa.
—“En casa vivimos tensos. Mi esposa está desbordada, yo también, y eso se refleja en cómo nos tratamos. A veces siento que no podemos disfrutar un momento de paz. Nuestros hijos pronto se irán… y yo, a mi edad, ¿qué puedo hacer?”
En ese instante entendí, una vez más, que la abundancia material no garantiza armonía emocional. A veces, detrás de la vida “perfecta”, hay vínculos agotados, cargas invisibles y un cansancio que nadie ve
A veces me pregunto cuál es el propósito que las personas le dan a sus vidas. Muchos dirán que buscan la felicidad, pero ¿qué entienden realmente por ser felices? Por lo que muestran en redes, pareciera que la plenitud se mide en viajes, comodidad, estética, cuerpos impecables, ausencia de arrugas, y como última opción la familia y la salud.
También observo cómo se exhiben “logros”materiales y vínculos que cambian como quien se cambia de ropa, justificando que la lealtad y la fidelidad ya no existen.” Y en todo eso percibo una búsqueda desesperada afuera de lo que no encuentran dentro. Necesitan ruido, compañía constante, distracciones que los alejen de su propio silencio. Viajan miles de kilómetros para hacer un retiro espiritual y “conectarse”, sin darse cuenta de que esa conexión con su esencia está disponible cada día, en cualquier lugar.
Curiosamente, quienes se consideran “superados” suelen llamar locos a los que eligen vivir lejos del bullicio y de los estándares que el consumismo impone a los más frágiles. No comprenden que la paz que uno construye para cuidar su templo —el cuerpo, el hogar, el espíritu— no se negocia por la idolatría hacia lo material. Mientras muchos viven angustiados, estresados y corriendo para pagar deudas que sostienen una “vida ideal”, los llamados “locos solitarios” podemos vivir con lo esencial, en armonía, en plenitud, manifestando cada día salud, claridad y un espíritu libre de esa prisión llamada sociedad consumista.
“Tal vez no falte felicidad… tal vez sobre ego y falte honestidad con uno mismo.”


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