“El día en que mamá abrió la puerta de aquel 1957”

27/02/2026 Alejandra Ponce de León
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POSDATA Press | Argentina


Por Alejandra Ponce de León


Hoy a la mañana, mientras tomaba unos mates en la cocina y avanzaba con unas ediciones para Posdata, mamá —doña Marte, con sus 89 años— terminaba de desayunar. Entre sorbo y sorbo, volvió a llevarme a ese tiempo que solo ella puede reconstruir con tanta claridad: Ricardone, 1957, cuando llegó recién casada con papá y el pueblo era apenas un puñado de casas en medio de las chacras.

Me contó que en aquel entonces solo había un almacén de ramos generales de la familia Meroi, la iglesia, la comisaría, una panadería, el Club Paraná —que aún existe— y muy pocos vecinos. No había luz eléctrica: se alumbraban con faroles Sol de Noche o lámparas a kerosene. Era una vida sencilla, dura y profundamente rural.

Mis padres alquilaban una casa de la familia Meroi, donde pasé mis primeros cinco años, aunque yo recién nacería en el 64, la tercera de cinco hijos. Mis recuerdos son apenas destellos, pero ella guarda el paisaje entero: el aljibe comunitario, el patio de tierra que se calentaba al sol, la huerta siempre viva, el gallinero con más de treinta ponedoras, el horno de barro, el sulky y ese caballo que venía al silbido de mi papá Antonio como si entendiera que era parte de la familia.

Después, su voz se volvió más suave. Recordó las largas jornadas de papá como jornalero y su trabajo en la Cremería Trivitry, una de esas pequeñas usinas lácteas rurales que marcaron la economía de la zona y que, como tantas otras, cerró sin dejar registros oficiales, dejando a muchas familias —incluida la nuestra— buscando nuevos rumbos en un tiempo incierto. Hoy no hay datos públicos sobre su historia, ni sobre cuándo abrió ni cuándo cerró; solo el eco de su nombre en la memoria de quienes la vivieron y en el actual Camino de la Cremería, que aún la recuerda.

De pronto, mamá se quedó en silencio. Miró hacia la ventana como si, a través de ese rectángulo de luz, pudiera volver a caminar por aquel patio de Ricardone. No dije nada. Solo la observé y guardé ese instante, porque hay miradas que son un puente entre lo que fuimos y lo que todavía somos.

A veces, la memoria es el único lugar donde el tiempo vuelve a abrir la puerta.

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