
La historia de Matías y Ezequiel: cuando el arte se vuelve un puente
POSDATA Press
Ezequiel Rizzo y Matias
POSDATA Press | Argentina
A veces los relatos llegan de manera inesperada. En estos tiempos donde cada uno parece encerrado en su propio mundo, donde el dolor ajeno suele pasar desapercibido, encontré en Facebook una convocatoria que me detuvo en seco. Era un pedido simple, casi tímido, pero cargado de humanidad. Y lo compartía alguien que, en lugar de mirar hacia otro lado, había decidido involucrarse.
Así fue como PosData se puso en contacto con Ezequiel Rizzo y, a través de una conversación vía WhatsApp, conocimos los detalles de este encuentro entre dos amantes del arte fueron tomando forma. Un intercambio que nos permite acercarnos a esas vidas que, de manera casual o casi milagrosa, aparecen para recordarnos que todavía hay quienes eligen tender la mano.
Lo que sigue es el testimonio de Ezequiel, un hombre que acompaña desde un lugar profundamente humano, y el recorrido de Matías, un artista que pinta sosteniendo el pincel con los labios y los dientes, y que hoy necesita que lo veamos.

Conocí a Matías hace más de diez años, en un momento en el que nada hacía pensar que nuestras vidas volverían a cruzarse. Yo había llevado un currículum para un trabajo de mantenimiento en un hogar, y el director de entonces —un hombre enorme en sensibilidad— me sorprendió con una propuesta inesperada: “¿Querés dar clases de arte?”.
Me animé. Y así empezó todo.
En aquel primer grupo eran tres: Matías, Vicky y el Pato. Cada uno con su propio mundo, sus tiempos, sus desafíos. Matías, siempre con esa sonrisa que desarma. Vicky atravesando momentos difíciles. El Pato, con su ternura y su forma particular de entender el mundo.
Dábamos clases donde podíamos: en la Casa de la Cultura, en espacios prestados, en lugares que después nos cerraron. Pero siempre seguíamos. Incluso abrí un pequeño local de arte con el nombre de mi abuelo, con la idea de llevarlos, compartir, crear, sentirnos parte de algo.

Matías en el proceso de su creación.
La vida, sin embargo, no siempre acompaña. Hubo conflictos, puertas que se cerraron y también golpes personales muy duros. Durante un tiempo me alejé. Pasaron diez años así, entre silencios y recuerdos.
Pero Matías volvió a aparecer. Y esta vez, yo ya no era el mismo. Hoy soy papá de una nena pequeña con una condición de salud compleja, y desde ese lugar —desde la lucha diaria, la fragilidad y la fuerza que te despierta un hijo— entendí que no podía mirar para otro lado.
Matías también había cambiado. Su vida nunca fue sencilla: creció en un entorno vulnerable, atravesado por carencias y situaciones que ningún niño debería vivir. Nació con una discapacidad motriz, y siempre creyó que su condición podía estar relacionada con ese contexto de desprotección.
Un incendio marcó un antes y un después: perdió a dos hermanos y quedó al cuidado de una tía, quien finalmente lo trasladó al Hogar Santa Cecilia, en Saladillo. Ese hogar es su casa desde hace más de veinte años. Allí vive con otros jóvenes y adultos que construyen comunidad desde lo que tienen: afecto, humor, mate compartido y una enorme capacidad de acompañarse entre sí.

Matías es lúcido, sensible y creativo. Pinta sosteniendo el pincel con los labios y los dientes. Actúa. Edita videos. Busca, como cualquiera, un poco de independencia económica. Con su pensión mínima cubre lo básico, pero no alcanza. Y eso lo angustia.
Cuando retomamos el contacto, entendí que él me necesitaba… y que yo también lo necesitaba a él. “Hay algo en él que me completa, y algo en mí que lo sostiene”, suelo decir. Y es verdad. Nos encontramos en ese punto.
Cada miércoles voy a buscarlo al hogar. Firmo, saludo, y siempre me encuentro con la misma escena: los chicos abrazándose, compartiendo un mate, acompañándose entre ellos. Ese pequeño ritual nos sostiene a los dos.
De ese vínculo nació una idea simple y poderosa: llevar el arte de Matías a la calle, al encuentro con la gente. Que sus cuadros —hechos con una dedicación que conmueve— puedan convertirse en una herramienta para que él viva mejor, compre materiales y construya un poco más de independencia.

PD.- Matías, ¿cómo nació tu vínculo con la pintura?
Matías Flores (MF): Yo nací con una discapacidad, pero eso no me impide pintar. Hace 12 años empecé con mi profe y descubrí que la pintura me cambia el chip: en cinco minutos me transforma.
¿Qué lugar ocupa la política en tu vida?
—Para mí la política tiene que unir, no desunir. Hay que ser buen ciudadano y pensar en el otro. Si alguien necesita un pedazo de pan y vos tenés poquito, compartilo, porque Dios ve todo.
¿Cómo ves la discapacidad en la sociedad?
—La sociedad está muy podrida, no le importa. El problema es que no hay rampas en colectivos ni en las calles. Eso te obliga a depender de otros.
¿Qué soluciones imaginás?
—Más rampas y políticos con discapacidad. No para llenarse los bolsillos, sino para hacer lo que la gente necesita: calles accesibles, colectivos con rampas
¿Qué proyectos inmediatos tenés?
—El miércoles que viene hago una feria en la plaza cerca de mi casa, de 16 a 19 horas. Presento mis cuadros y hablo de política sobre la persona con discapacidad.
¿Cómo fue tu historia personal y familiar?
—Mi mamá tiene una problemática psiquiátrica y no fue atendida. Viví en distintos hogares hasta llegar al Hogar Santa Cecilia, donde hace 20 años me cuidan, me miman y me dieron la oportunidad de ser actor, locutor y hasta manejar una murga.
¿Qué sentís hoy frente a las dificultades económicas?
—A veces me angustio porque no me alcanza lo que cobro. Todo sube y eso me pone mal. Pero sigo adelante, porque el arte me conecta con la gente y me hace sentir bien conmigo mismo.
Convocatoria a la muestra callejera
📍 Lugar: La Fuente de Arijón — Arijón al 400 bis, entre Fonseca y Avenida Argentina
📅 Día: Miércoles 15 de abril
⏰ Horario: de 16 a 17 horas
Será una muestra callejera e itinerante donde se podrán ver y comprar las obras de Matías. Un espacio abierto, cercano, para encontrarse con él, conocer su historia y acompañarlo.

A veces lo que hace falta no es una gran acción, sino detenernos un instante y acercarnos al otro con amor, con humanidad, con ese tiempo que tantas veces creemos no tener. Ver a Ezequiel y a Matías encontrarse desde el arte me recordó que mejorar la vida de una sola persona ya es, en sí misma, una forma de transformar el mundo. Si cada uno de nosotros eligiera regalar un poco de esa empatía que llevamos dentro, aunque sea una vez, este lugar sería distinto. Más amable. Más humano. Más nuestro.


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