El año pasado, los arqueólogos descubrieron otro templo solar de la antigüedad. Hoy se sabe que estaba hecho de ladrillos de arcilla, y otros artefactos, como viejas botellas de cerveza.
Entre los muros del neurosiquiátrico de Saint-Rémy, Van Gogh encontró algo más que silencio: descubrió la luz. Allí, donde el dolor parecía encerrar toda esperanza, pintó los jardines, los cipreses y el cielo que aún lo miraban con ternura. Su encierro fue su libertad, y su locura, la chispa de un arte eterno.
“Entre el ardor y la profundidad, Ortiz nos invita a pensar cómo las pasiones humanas pueden ser tan intensas como contradictorias: un abrazo que quema y, al mismo tiempo, ahoga.”