Viur tiene un plan, capítulo 29

28/01/2026 Luis García Oerihuela
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POSDATA Press | Argentina 


Luis García Orihuela-2

Por Luis García Orihuela  


Llegué a casa contento y esperanzado. El encuentro con Trafalgar me había hecho pensar en la posibilidad de retomar los proyectos de mi padre que se quedaron sin terminar, aunque para ello, primero debería de hacer algunas averiguaciones y llamadas telefónicas. Una de ellas a mi abogado con el fin de que revisase los contratos y como estaba lrgalmente en la actualidad, en el momento presente la situación de la fábrica. Recordaba vagamente que mi padre la había comprado, de hecho no era persona que le gustase los alquileres; decía que a la larga siempre salían mal y el arrendatario perdiendo. Pero cuando el abogado leyó el reparto de la herencia, ¿Incluyó la venta de la misma, o bien, no la mencionó siquiera? Era incapaz de recordarlo. Aquellos días las pastillas las tomaba casi que durante todo el día. Fue por aquel entonces cuando apareció Cursiva y poco después Freiberg. En el caso de ya no pertenecerme dicha propiedad, podría mirar de comprar otro lugar incluso más adecuado y moderno, pero eso era emplear un tiempo de más que no quería perder.

El proyecto 007, aunque me recordase a James Bond, era lo que me interesaba en concreto, pero había otro problema al respecto. ¿Dónde o quién tenía el diseño del arma? Que yo recordara mi padre nunca llegó a tener una caja fuerte, no le pasaba por la cabeza le pudiesen robar nada, y el dinero lo tenía a buen recaudo en el banco. ¿Tendría n su posesión el abogado los planos y apuntes del proyecto? De ser así nunca nos dijo nada, aunque puede que lo mencionara no estando yo presente. Quizás lo hiciera con mi tía.

La respuesta del abogado fue satisfactoria. La fábrica comprada por mi padre para la fabricación de sus inventos no había sido vendida. Era una posesión de apenas valor a la qué en última instancia no se le había dado importancia. La compró por muy poco dinero y solo quedaba de ella las paredes, puertas y techo. Poco más había allí por lo que me dijo el abogado. La maquinaria si se había procedido a su venta en su mayor parte, y lo que era la fábrica se decidió en su día era mejor dejar correr el tiempo, a la espera de momentos mejores para captar nuevos inversores.

Le di las gracias por la información tras indicarle gestionara el alta de luz y agua. La fábrica se iba a volver a abrir y necesitaría nueva maquinaria para comenzar a funcionar, así como ciertas medidas de seguridad que nunca dispuso. El primer paso ya estaba dado.

No me apetecía para nada, pero llamé a mi tía, y tras soportar sus inagotables peroratas y monsergas, decir que me abrigase si iba a salir, pude entonces preguntarle por los apuntes de mi padre de sus inventos y en concreto, si sabía algo del proyecto 007.

—¿ El proyecto 007? ¿Lo preguntas en serio, Viur? Pues claro que no se nada de él, de él ni de cualquier otro, cariño. Ya sabes como era tu padre; un pedazo de pan, pero muy terco con sus cosas y muy callado a la vez. Mantenía siempre un secretismo absoluto con sus locos inventos. ¿Cuál es tu interés en todo esto? No me digas quieres seguir tu también su ejemplo. No seas loco.

—No. No es eso. He pensado en retomar todo lo que haya podido dejarse inacabado. Ya sabes. Como a título póstumo.

Hui-Yin llegó pocos minutos después de haberlo hecho yo. Era como si tuviese una capacidad oculta para presentir mi presencia.

Durante más de una semana estuve implicado haciendo averiguaciones respecto al posible paradero del diseño del proyecto 007, y descartando a la vez por eliminación, los lugares ya consultados. Tenía el sitio en donde se podría realizar el proyecto, tenía a Trafalgar para dirigirlo y desarrollarlo, pero me faltaba el ingrediente principal: El diseño preliminar desde el cual poder partir. Localicé a antiguos trabajadores de la fábrica y hablé con ellos, pero sin resultado alguno. No sólo no habían visto ningún plano, sino que no recordaban haber oído hablar de él, y con un nombre tan de agente secreto cinematográfico era presumible el que cualquiera lo hubiera recordado. Bien pensado, sólo Trafalgar lo había mencionado. ¿Sería posible lo hubiera inventado? El motivo podía ser evidente, la necesidad de dinero, de tener un trabajo con el que ganarlo. Podía pues, perfectamente, haber inventado la historia nada más verme, incluso puede la hubiera pensado con anterioridad pero no se hubiera atrevido a hacérmela saber. Todo era posible, incluso que mi padre le hubiera querido gastar una broma. Bastaba imaginarlo con aquel nombre que le había dicho, pero mi padre nunca fue de gastar bromas a la gente, y a sus empleados, mucho menos. Claro estaba que habían muchas más posibilidades, por ejemplo, alguien podía haberme mentido y poseer el diseño con intención de explotarlo para su propio beneficio ¿Dejado entonces a algún conocido cercano a él? De lo más improbable. De ese hilo no tiraría, pues de seguro no llegaría a ningún puerto. La cosa comenzó a cambiar cuando me llamaron para confirmarme mi propiedad en firme de la casita. Al día siguiente, ya sábado y con las llaves en nuestro poder, comenzamos la ardua tarea de desmantelar las habitaciones y resto de dependencias. El domingo teníamos ya empacado en cajas de cartón una buena parte de todo lo que no era voluminoso y si susceptible de ser extraviado por la inmobiliaria o incluso de ser roto. Ahí, en ese preciso momento fue cuando al

sacar un cajón del escritorio de mi padre, le cayó a Huí Ying el diseño del proyecto 007 como caído del cielo.

Con el diseño y las pertinentes explicaciones de como realizar el arma pensada por mi padre, pensé que el siguiente paso a dar debería ser el de su construcción. Llamé a Trafalgar. Estaba arrepentido y apesadumbrado de haber llegado a dudar de él.

—¿Si? —contestó al otro lado de la línea un Trafalgar abatido.

—Hola amigo. Lo tengo.

—¿Lo tiene?

—Así es. Encontré el plano con las indicaciones del proyecto 007.

—Le felicito. Pero no se ese hecho en que me afecta a mi.

—Para eso le llamaba. Usted dirigirá su construcción. La fábrica se vuelve a abrir.

Mientras Trafalgar se ponía manos a la obra y encargaba maquinaria nueva más moderna para la realización del arma, Huí Ying, —que ya había terminado las asistencias a los talleres de arte — y yo, decidimos hacer turnos y viajar en el Metro en distintos horarios. Nos pusimos igualmente de acuerdo para probar con otras líneas más adelante en el caso de no obtener resultados en dar con el asesino. La tercera fase que teníamos prevista, llegado el caso, sería recorrer una a una cada estación en su busca. Sabíamos correríamos un riesgo al delatarnos preguntando por él, pero estaba decidido a, llegado el caso, mostrar el retrato robot hecho por Huí Ying.

Han pasado dos semanas que podían valer por muchas por su eternidad. El subir al Metro en busca del asesino es otra forma de viajar distinta a la de antes. El recurso de Cursiva, de las pastillas ha quedado atrás y es irrecuperable. Ahora tan solo soy yo viajando a bordo de un vagón y escudriñando mi entorno con ojos de águila.

Al quinto día de la búsqueda a Sui Ying le pareció entrever entre los pasajeros a alguien que podría corresponder con mi descripción. Solo lo pudo ver durante una fracción de tiempo. Se encontraba en el vagón anterior al de ella y de cara a las puertas corredizas. El sospechoso descendió en la parada inmediata perdiéndose entre la muchedumbre, sin que hubiera podido llegar a cerciorarse de si era él o no. No podíamos tener dudas una vez llegara el momento. Sin disponer del arma todavía, no podíamos hacer gran cosa, salvo probar el mismo trayecto y horario esperando hiciera dicho recorrido en más ocasiones. No teníamos más pistas. El retrato robot poco era lo que podía aportar si no dábamos con quién enfrentarlo. Aún así, con tan sólo aquel parecido fue detonante más que suficiente para darnos nuevas energías y esperanzas. A aquellas horas punta de la mañana era mucha la gente que subía al Metro y este solía ir abarrotado en todas sus paradas. Casi todos eran trabajadores que salían de turnos o se dirigían a incorporarse a los mismos. No hacia falta ser un gran observador para darse cuenta de ello, no sólo por sus uniformes en muchos de ellos, gente de servicios, limpieza, mantenimiento y trabajadores en fábricas a lo largo del recorrido, sino por sus conversaciones. La mayoría de ellos se conocían y saludaban de verse a diario, subiendo todos los días a los mismos vagones y en las mismas paradas. Estos detalles hicieron que poco a poco fuéramos descartando a muchos de ellos. Pero pasó otra semana sin pena ni gloria. Ninguna nueva pista. Era buscar una aguja en un tren de cuatro vagones en movimiento. Nos desanimamos por ello.

Estábamos apunto de salir de casa, cuando sonó la melodía de una llamada entrante en mi móvil. Era Trafalgar. Hablamos durante acaso un par de minutos y colgué. Mi cara de felicidad debía de decirlo todo, aún así le hablé a Huí Ying que me miraba expectante, igual que lo haría un perrito que han sacado a pasear y se queda de pronto el dueño sin avanzar. El sol comenzaba a elevarse ante nuestro enverdecido paisaje, confiriéndoles a las transparencias habituales de Huí Ying un aspecto divino e inusual.

—¿Y bien? Pareces un gato que haya atrapado a un ratón.

—En cierto modo puede así sea.Trafalgar dispone ya de la primera arma experimental. Parece haberla probado con éxito. He quedado en vernos con él en la fábrica

— Bien. Cambio de planes entonces. ¿No?

—Así es. Te enseñaré de paso la fábrica y conocerás a Trafalgar.

Nos llevó algo más de una hora llegar. El equipo que había contratado Trafalgar para desarrollar el proyecto 007, se limitaba a dos personas más de confianza que ya habían intervenido en la realización de otros inventos de mi padre. Aún así, Trafalgar me había asegurado que no era mucha la información que les había dado al respecto. 

. Prefería no implicarles demasiado en la medida de lo posible. Cuanto menos supiesen mejor. Una vez hubo conocido a Hui-Yin, lo primero que nos dijo fue el que había puesto un nombre al invento más acorde a su realidad ya manifiesta. «Petit

tremblement». Tal y como pudimos constatar poco después al ver actuar el arma, el nombre con el que Trafalgar la había bautizado, le venía como anillo al dedo. El objetivo, una vez recibía el impacto —invisible— sentía como un pequeño temblor y se desplomaba muerto. Evidentemente no lo habían probado con personas, sino con animales. El nombre en francés parecía quitarle importancia y minimizar sus efectos letales, que no por ello dejaban de ser mortales. Reduje el nombre a Petitre.

—Hemos probado con ratas, con un gato que estaba enfermo, e incluso con una paloma en vuelo. En todos los casos la prueba ha sido un éxito rotundo.

—¿Y la prueba que vamos a ver hoy Trafalgar...?

—Será mejor lo vean ustedes mismos. Está todo preparado en el terreno colindante que compró con la fábrica.

Nos dirigimos al despacho, y tras abrir la caja fuerte, Trafalgar me hizo entrega de un estuche de piel de no mucho mas de veinte centímetros que poseía un cierre numérico de seguridad. Lo tomé en mis manos mientras escuchaba de sus labios el número de la combinación. Sorprendentemente el estuche apenas pesaba. El arma tenía que ser muy ligera. Tras recorrer un pasillo bastante largo, y otro más corto, al final de este a su izquierda, dimos de frente ante una puerta metálica bastante más ancha que las demás, la cual cruzamos sin más demora, saliendo al exterior. Ante nosotros, a unos cien metros de distancia, vimos una vaca que curiosa al habernos oído acercarnos hacia ella nos miraba de manera intrigante.

—¿Tenía que ser con una vaca la prueba? —pregunté con poco convencimiento en mi voz, pues no podíamos irnos sin estar seguros de su efectividad.

—Necesitamos hacer la prueba con un ser grande que esté vivo.

—Y el corazón de una vaca es el mas parecido al de un ser humano —Apuntilló Hui-Yin que hasta el momento había permanecido en silencio.

—Así es. Por otro lado, esta vaca está enferma y la iban a sacrificar de todas formas.

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