El diablo viste de Prada 2: Destronar el poder no es evolución

La moda vuelve a ser escenario de poder y contradicción: entre la ilusión de cambio y la persistencia de jerarquías, “El diablo viste de Prada 2” revela que destronar no siempre es transformar. Una mirada sobre el ego, la herencia y la impostura del progreso.
Entre luces y sombras02/06/2026 María Beatriz Muñoz Ruiz
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 POSDATA Press | Argentina


María Beatriz Muñoz Ruiz

Por María Beatriz Muñoz Ruiz

“No tuvimos un saludo perfecto, y desde luego no tuvimos una despedida perfecta. Pero tal vez eso solo signifique que no somos perfectos. Y tal vez deberíamos, simplemente, ser imperfectos juntos”.

Esta es la única frase de la película que me hizo ladear la cabeza y sonreír; el resto me pareció aburrido, propio de uno de esos telefilmes que ponen en la televisión los domingos al mediodía y que quizás, de vez en cuando, merezca la pena sustituir por la siesta. Lo siento, estoy siendo demasiado dura con El diablo viste de Prada 2, pero es que tenía las expectativas por las nubes.

Amé la primera entrega: la transformación de Andy, la tiranía de Miranda, esa buena trama amorosa con un triángulo que nos tenía a todas en ascuas, y la crudeza de un mundo en el que todos se pisotean por el poder y el liderazgo. Sinceramente, esperaba mucho más de esta secuela. El nuevo interés amoroso de Andy es plano, aburrido y se aparta de la trama con la misma facilidad con la que espantas a una mosca molesta. Por otro lado, Miranda ha perdido por completo su esencia, y algunos personajes secundarios de la oficina me parecen cien por cien prescindibles; no aportan nada, son una minúscula neblina que olvidas en cuanto la cámara cambia de plano.

Puede que lo único con un poco más de sustancia sea la evolución de Andy. Su lucha interna por querer hacer periodismo serio le impide ver una gran verdad: si tus artículos no interesan, ya puedes ser la mejor escritora del planeta, que jamás llegarás a nada. Porque la realidad de la vida es esa: escribimos para que nos lean. Personalmente, odio y envidio a partes iguales a esas personas que crean contenido absurdo y se vuelven virales. Pero hay que aceptar que saben conectar con el público; usan un vocabulario inapropiado, tonto y vulgar, pero llegan. ¿Nunca os habéis parado a pensar que quizás ese contenido está meticulosamente diseñado bajo una minuciosa campaña de marketing? Bueno, admitamos que no todos hacen ese estudio; algunos simplemente ganan la lotería probando suerte. Pero el caso es que se les sigue en redes y se les lee, y esa es la valiosa lección que aprende Andy mientras madura y descubre lo que realmente quiere en la vida.

Sí, me ha quedado una reflexión muy profunda, pero la verdad es que lo único bueno de la película es el vestuario. Como siempre, es espectacular, aunque me ha sabido a poco teniendo en cuenta que todas las que amamos El diablo viste de Prada lo hacemos por la moda y el glamur.

Un humilde consejo para los guionistas: dejad de humanizar a las villanas y de hundirlas en la miseria para que el resto de criaturas inferiores tengan su momento de gloria. Miranda ya demostró ser humana en la primera parte; aquí la han rebajado tanto que daban ganas de quitarle la dirección de la revista y enviarla a su casa a hacer ganchillo.

Así que os voy a contar un secreto: en la primera película ninguna queríamos ser Andy. En nuestro fuero interno, todas deseábamos ser la despiadada Miranda: con poder, carácter, fuego y autoridad.

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