
La hoguera, sostenida en el nombre de la Cruz

POSDATA Press | Argentina

Una humilde casa, la más baja del barrio, la que conserva aún el paso del tiempo con sus paredes desgastadas, filtradas de humedad. Allí, entre esas paredes, quedaron los rasgos de la infancia encerrados de nostalgias, de vida plena, de risas, de juegos, de ricas sopas, de braseros, de cuentos y veo-veos.
Sus techos lentamente se van desboronando, junto a los recuerdos y el grito silencioso abrazado al ya hombre, que resiste en la morada, en vulnerable condición. Controlando la torpeza de sus temblorosas manos... sin más, trata de levantarla con la mirada...
Mientras, desde otro lado, durante la madrugada, una voz que sacude el alba.
En un espacio abierto, se escucha un nombre de pila, el que todos aprendimos a decir alguna vez, resuena por las ventanas. Con insistencia repetitiva, en un eco inquebrantable... Hasta que la puerta se abre.
Ella lo recibe refunfuñando, resignada, como si fuera un regaño sin remedio. Él la mira, se sienta, se pone de pie, prende un cigarrillo, piensa, piensa... prepara el mate, camina, camina... prende un cigarrillo, toma un mate, piensa, camina, camina... se sienta, se pone de pie.
Así, sucesivamente... Durante años.
Por amor, por ese amor incondicional, recíproco y auténtico, único de vientre, quizás por ese amor he ahí las fuerzas de llevar un poco la cruz que tanto pesa... Y así pasaron los días... los años...
Ella encontró la calma en el olvido. El olvido apareció como defensa para ayudarla, para decirles que todo está bien y que nada pasó. Y lo que pasó... pasó... pero al no recordarlo, ¡no pasó!
Ese olvido se convirtió en un alivio peligroso, en un aliado tajante que la lleva a una niebla, que deja atrás todo ese dolor, sentimientos de abandono y soledad... trayendo consigo la felicidad del presente, momentos que serán pasado en segundos...
Un destino que no da tregua... Ella, madre y un olvido, arma de doble filo. Un volcán en erupción, donde cada día desborda en sucesos diferentes... y allí está aquél, el vulnerable como un soldado, presente, brindándoles lo único que tiene: su tiempo, su compañía, su paciencia, su amor incondicional...
Con la serenidad de que en segundos, el olvido traerá la calma, la indiferencia... la paz, esa necesidad de estar bien ante la tempestad. Sosteniéndose unos a otros en el nombre de la Cruz.








