
Terner sexo no es intimidad: la confusión crea monstruos

POSDATA Press | Argentina

Por Jose Luis Ortiz Guell
No me importa que este artículo duela y llegue a molestar incluso. Me importa que despierte conciencias. Hay una mentira instalada en el centro de nuestra cultura afectiva y sexual: creemos que intimidar es follar, y que follar es vencer. Hemos convertido el deseo en una exhibición de poder. Y mientras tanto, potenciamos el sexo como si fuera una mercancía, un marcador de estatus, una prueba de hombría o de éxito. Lo potenciamos tanto que ya no sabemos si queremos tocar o invadir.
No estoy contra el sexo. Estoy contra el sexo convertido en arma.
Miren el porno que consumen millones de adolescentes antes de su primer beso: estrangulamiento, escupitajos, humillación verbal, cuerpos tratados como trincheras. No es un nicho: es la portada. Miren las aplicaciones de citas: se premia la frialdad, el ghosting, el negging, la capacidad de desaparecer sin explicación. Miren las canciones más escuchadas: el sexo se describe como castigo, como conquista, como guerra. La palabra “perra” es un piropo y el “te voy a romper” es una promesa erótica. Eso no es liberación sexual: es la erotización de la amenaza.
El problema no es el sexo. El problema es que hemos secuestrado el sexo para que sirva al poder. Se coge (término coloquial argentino) mucho, sí, pero se desea poco, se huye del concepto real de intimidad. Se tiene sexo (uso neutro) para demostrar, para competir, para subir en el ranking. Se fornica (referencia bíblica/arcaica) contra alguien, no con alguien. Se folla (término español peninsular) contra alguien, no con alguien. La prueba está en el lenguaje: “me la comí”, “me la tiré”, “le di”, “me la gané”. Verbos de depredador. Verbos de conquista. El otro no es un sujeto: es un objetivo.
Y aquí está la trampa: se potencia más el follar que el desear. Más el rendimiento que el encuentro. Más la exhibición que la intimidad. Al potenciar el sexo como fin en sí mismo, sin ética ni cuidado, lo confundimos con intimar. Creemos que el deseo es una batalla y que el que más invade, más gana.
Confundir intimar con follar tiene consecuencias sociales gravísimas. Una sociedad que erotiza la dominación normaliza al abusador en la oficina, al jefe que humilla, al político que amenaza y es aplaudido. El patrón es idéntico: el poder como afrodisíaco, el miedo como lubricante. Por eso no debería sorprendernos que un agresor confeso pueda llegar a presidente y que la víctima tenga que demostrar que no lo provocó. Hemos construido un relato en el que el deseo es una cacería, el consentimiento un trámite y la resistencia un juego. La violación no es una excepción: es la forma extrema de esa confusión.
Las consecuencias emocionales ya están aquí. Ansiedad, depresión, soledad crónica, miedo a la intimidad. Hemos criado a una generación que prefiere el polvo sin beso, el vínculo sin conversación, el control sin cariño. Porque la intimidad exige vulnerabilidad, y la vulnerabilidad ha sido estigmatizada como debilidad. Luego no saben llorar. Luego no saben pedir perdón. Luego no saben quedarse cuando la otra persona necesita ternura y no rendimiento. Estamos formando adultos que pueden desnudar el cuerpo pero no el miedo.
Y el futuro ético es aún más oscuro. Si no cambiamos, las próximas generaciones considerarán el consentimiento una firma legal, no un lazo ético. La empatía será un lujo. El cuidado será visto como sumisión. El amor será una rendición inaceptable. Criaremos sociedades de depredadores y presas que se turnan el papel, donde la confianza no existe y la ternura da asco. No es exageración: es la dirección exacta en la que apuntan los datos, las series, la música, la pornografía y la política.
La industria del deseo no quiere que ames: quiere que consumas.
Las plataformas que monetizan la atención han descubierto que el miedo engancha más que el cariño, que la humillación genera más clics que la ternura y que un vídeo de dominación produce más retención que una escena de cuidado mutuo. No es un accidente: es un modelo de negocio. El algoritmo no distingue entre deseo y violencia; solo premia la intensidad. Y la intensidad más barata es la del poder. Por eso el porno mainstream ha escalado hacia la asfixia y el insulto, por eso las canciones que glorifican el control acumulan miles de millones de reproducciones, por eso las series “atrevidas” confunden amor tóxico con pasión. Nos están educando el deseo a golpe de métricas, y el resultado es una generación que aprende a excitarse con la sumisión antes de aprender a abrazar sin miedo.
Dentro de veinte años, si no paramos, el sexo será un contrato entre extraños con testigos digitales.
La intimidad habrá sido sustituida por la transacción. El “consentimiento” será un formulario con casillas, y el deseo, un algoritmo de compatibilidad basado en el historial de consumo. Los niños crecerán viendo a sus padres espiarse el teléfono como acto de amor, creyendo que los celos son una prueba de interés y que el silencio después del sexo es normal. La confianza será un lujo de ricos emocionales, y la ternura, una extravagancia de perdedores. Habremos criado a la primera generación que teme más la cercanía que la violencia. Y entonces será demasiado tarde para preguntarnos por qué nadie se atreve a mirar a los ojos mientras se desnuda.
No te pido que seas puritano. Te pido que seas valiente.
Valiente para parar un encuentro y preguntar “¿de verdad quieres esto?” sin miedo a parecer débil. Valiente para decir “no me gusta cómo me hablas” y levantarte de la cama. Valiente para educar a tu hijo en que la erección no es un permiso y a tu hija en que el deseo no es una deuda. Valiente para apagar el porno que te enseña a estrangular como si fuera un gesto de pasión. Valiente para reconocer que, quizá, tú también has confundido alguna vez el miedo con el deseo. Porque la revolución sexual no se ganará con más sexo, sino con más humanidad. Y la próxima vez que alguien te diga “te voy a romper”, espero que tengas el coraje de responder: “no, me vas a respetar”. O mejor: que no haga falta decirlo.
Hay que reaprender a desear sin vencer. Enseñar que la erección no es un permiso, que el deseo no es una orden, que follar no es invadir. Hay que reerotizar la ternura, la torpeza, la risa, el “¿estás bien?”, el “para”, el “no me apetece”. Eso no es moralina: es supervivencia emocional y ética. El mejor sexo no empieza con una amenaza; empieza con una pregunta. Y el mejor orgasmo no es el que te hace olvidar quién eres, sino el que te devuelve a ti y al otro con más humanidad.
No necesitamos más sexo. Necesitamos hacer el amor con el cuerpo y el alma. Si seguimos confundiendo intimar con follar, acabaremos follando en las ruinas de la confianza. Y no habrá ideología, ni aplicación, ni vídeo viral que nos salve del frío y de la más dura de las soledades.

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