
Emil García Cabot El último horizonte

POSDATA Press | Argentina

Columna: En Perspectiva
Subtítulo: Crítica y reflexión literaria
Línea: Literatura en primera persona
Este nuevo espacio dentro de la categoría Opinión propone una mirada sensible y reflexiva sobre la literatura contemporánea. La autora comparte lecturas, análisis y experiencias desde una voz personal, donde la crítica se transforma en diálogo y la reflexión en encuentro.
Camino hay que al hombre le parece recto, cuyo fin son caminos de muerte
Abordar la lectura de El último horizonte, la obra literaria de Emil García Cabot, permite al lector adentrarse en el terreno desértico, que no es otro que la búsqueda incansable de la propia identidad. De manera atrapante, el autor configura un orden de composición escrita a partir de una historia ficcional con ubicación temporal situada en 1905, en los ventosos confines patagónicos.
El escritor, recientemente fallecido, aborda en esta novela alegórica los conflictos de identidad que se establecen en los pueblos originarios y en las sucesivas razas mestizas, a partir de la intervención militar de la denominada Conquista del Desierto (1878-1885).
García Cabot, prolífico poeta y narrador, residió en la localidad de Adrogué, aunque su recorrido literario abarca gran parte de nuestro país a través de distinciones, como las siguientes:
üPrimer Premio Roberto Arlt (Municipalidad de Comodoro Rivadavia, Provincia de Chubut,1983).
üGanador del Concurso de cuentos La Nación, 1986.
üFinalista en el XXXVI Premio Ateneo de Novela Corta (España, 1989).
üPrimer Premio Iniciación de los Premios Nacionales de la Secretaría de Cultura de la Nación,1992.
üFaja de Honor SADE 1994.
üPremio Corregidor 1994 de Literatura infantil.
üMención de Honor en el Género Cuento del Premio Especial Eduardo Mallea, bienio 1995/97 del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
üPremio Municipal de Literatura Luis José de Tejeda de novela breve, de la Municipalidad de Córdoba, 2004.
üPrimer Premio del Concurso Literario Homenaje a Cortázar, del Municipio de Lomas de Zamora.
üPrimer Premio en el Primer Certamen de Cuento (Ediciones del Dock).
üPrimer Premio en el Certamen de Cuento SADE filial Lanús.
Análisis reflexivo de los elementos discursivos en el orden lingüístico, psicológico e histórico-ficcional presentes en la obra literaria El último horizonte, del autor Emil García Cabot
Introducción
El horizonte está en los ojos, y no en la realidad
Ángel Garnivet
La novela enfatiza la búsqueda de identidad de dos hermanos hijos de españoles que, por razones bélicas, fueron cautivos de una tribu indígena en el sur patagónico. A partir de este contexto, se entrelazan situaciones afectivas y genealógicas que van entrelazando, en los personajes, relaciones ambiguas en la búsqueda de pertenencia. En la obra, el autor describe el mestizaje de culturas como una travesía audaz que trasluce carencias y vacíos existenciales. Un nefasto destino que, ciertamente, vincula los pueblos latinoamericanos en la diversidad de orígenes y de lenguas a lo largo de su territorio. El último horizonte es una obra que descubre un sinfín de reflexiones, de subjetividades que, mimetizadas en la naturaleza, conjugan la búsqueda de la verdad, de las infinitas verdades.
La licenciada Norma Beatriz Martín anticipa, en el prólogo de la obra, que “cada capítulo ofrece los elementos psicológicos, los ahondamientos viscerales y peculiaridades humanas con minuciosas introspecciones. La voz de cada uno de los personajes instala en la novela un estilo que se vuelve áspero, entre dudas y desarraigos. Cuando es el narrador en tercera persona quien interviene, el discurso se torna objetivo, pero jamás distante de las angustias instaladas”[1].
La novela relata la historia de un hombre al que, en el pueblo sureño de la extensa Patagonia, habían apodado El Cautivo. Es una persona de actitud introspectiva, que en 1905 se instala en cercanías de la caleta junto a una mujer a quien, de verla fugazmente y a lo lejos, los lugareños la apodan La del Pelo Largo. Nadie en el pueblo tiene conocimiento del origen y procedencia de ninguno de los dos. Solo el fondero Juan Salerno logra capturar la confianza de El Cautivo, quien le confiesa un persistente temor a los forasteros que se acercan a esas tierras remotas del oeste preguntando por él, o por La del Pelo Largo (o La Mestiza, como también la llaman).
Ciertamente, el apodo de El Cautivo lo hereda como consecuencia de haber sido capturado de chico y criado entre las tribus belicosas de la región patagónica. El Cautivo (o Compen, su nombre nativo), por el predominio de sus raíces españolas, tiene el ferviente propósito religioso de cristianizar a La Mestiza y de exorcizar definitivamente su pasado indígena. Pero el tiempo, como el silencio, va entretejiendo un camino signado de tragedias. Las mesetas contorneadas por el viento hostil han bordeado el alma solitaria del errante Ramón López. Este último es el nombre que, como los anteriores, permanecen bajo la misma sombra cristiana. Los sinsabores del destino hacen que, diez años después de su repentina llegada al pueblo patagónico, el fondero Juan Salerno lo encuentre muerto en su vivienda, sosteniendo una biblia abierta en una página, donde se lee un proverbio, que parecen indicar con determinación sus manos gélidas. Mientras tanto, en la parte de atrás de la precaria vivienda, el fondero se topa con dos acervos de piedras que indican el nombre de Eulogia y el de Cayeco (nombre de origen tehuelche atribuido a su hermano menor, capturado y criado desde pequeño por los indígenas).
Existe un devenir en las voces narrativas de Ramón López, donde la nostalgia se sucede constante en el recuerdo de sus raíces, de ese pasado que un día los indígenas le robaron cuando mataron a sus padres y lo obligaron a convivir en los terrenos indómitos de sus etnias. Pero, para el hermano menor, la vida se bifurca hacia un horizonte antagónico: sus días deben cumplir los designios tehuelches, más allá de sus raíces españolas. El ferviente rechazo a la civilización cristiana da origen al recurso de voces narrativas que aproximan de manera fidedigna su sentir y su obediencia a la deidad del Camalasque (en los diálogos, el autor utiliza, con acentuado conocimiento, el recurso lingüístico de la lengua tehuelche, tshoneka, también denominada aonekenk).
Análisis narrativo de la diversidad discursiva y el sentir auténtico de los personajes
Se revela en el relato una diversidad narrativa que permite al lector adentrarse en el sentir auténtico de sus personajes. No menos relevante es el de Huenec, una adolescente huérfana quien, en la pubertad, y en la aún amenorrea primaria, presiente en el horizonte una identidad lejana: “¿Por qué, a veces, todo es tan oscuro… ¿Por qué desde esta ventana miro tanto aquella loma, y aquella otra, como si allí la tierra se acabara, y que es, sin embargo, donde apenas comienza?”[2].
En alguna circunstancia, Compen le confiesa que es cristiano, y le transmite su deseo de que ella, en un tiempo no muy distante, también adopte la religión, antes de que el cacique Caile la tome en reemplazo de su hija fallecida: “Huenec —dijo—. De mi hija primera. Ahora, siendo de Huenec”[3].
El tiempo es una travesía reflexiva en que la joven Huenec, en búsqueda de sus raíces, conoce a Cayeco, por quien siente una atracción singular. Los atardeceres del Mallín, fieles testigos de su soledad, abren en el horizonte la inquietante búsqueda por retomar el casual encuentro que, según la promesa de Cayeco, debe esperar tres días. En los días venideros, Compen bautiza a Huenec con el nombre de Eusebia.
Sin embargo, la promesa de “tocar el cielo” crece como premonición de tragedia. Ese cielo que ingenuamente un día se rompe entre sus dedos al tacto con el agua (Lehe) anticipa la discordia entre dos hermanos por la disputa de Huenec. En ese devenir de huidas y conflictos de pertenencia, la indígena permanece cautiva de Cayeco.
En las liturgias tehuelches, Huenec se convierte en el centro de las hogueras, un fuego que jamás será indiferente: “Como la marea, en su consecuente ir y venir, iba mezclando limo y arenas, también los acontecimientos iban entrelazándose duros e ineludibles”[4].
Finalmente, Huenec da a luz a una hija mestiza y, en esa plenitud maternal, encuentra la muerte. Una niña con su mismo nombre marca su destino, creciendo en la ambigüedad de dos culturas antagónicas.
El relato avanza hacia la tragedia: la lanza de Cayeco, la muerte de un soldado, la persecución y el desatinado desenlace que llevan a Ramón López al horizonte de su desconsuelo. “Camino hay que al hombre le parece recto, cuyo fin son caminos de muerte”[8].
Exégesis
El autor, excelso conocedor del terreno patagónico y de las culturas indígenas que pueblan la región, nos presenta en esta leyenda un magistral trabajo de investigación de los pueblos nativos y de las lenguas originarias que conviven en el vasto territorio del sur argentino. Fiel a su estilo, como lo ha sido en las obras de su autoría, desafía al lector a la búsqueda constante de intervención reflexiva. Los hechos ocurridos en El último horizonte son narrados a través de voces específicas acordadas en un espacio/tiempo. Esto permite al lector situarse en la “travesía”, o en el cronotopo de un extenso camino en la búsqueda constante de la identidad, a raíz de una ruptura familiar, ocasionada por la muerte de sus padres, y la consecuente captura y apropiación por parte de las tribus indígenas de la región. Esta experiencia genera, entre los hermanos, grandes controversias. Ciertamente, el tiempo es un factor cronológico determinante en el destino de sus vidas, ya que la crianza tehuelche recibida durante los primeros años (en especial, la del hermano menor) ha distanciado, de manera considerable, la relación entre ambos. Con objetivos opuestos, sus vidas se pronostican plagadas de infortunios.
La obra anticipa la leyenda de un hecho ocurrido en noviembre de 1905. Un cautivo de actitud enigmática ayuda a descargar el Columbus atascado en la caleta del oeste patagónico, “con la destreza de quien no ha hecho otra cosa en su vida”, según expresa el narrador[9]. La presencia inesperada de este citado “forastero” causa curiosidad entre los escasos lugareños, habitantes de los remotos llanos del oeste patagónico.
Los títulos de los capítulos corresponden a los nombres de cada personaje, y son mencionados y adecuados a la voz narrativa, conforme a la dimensión temporal donde se suscitan los acontecimientos. La travesía ocupa un punto de inflexión que acentúa los cuestionamientos por el lugar de pertenencia, las raíces, el amor, la venganza, el temor, la soledad, la búsqueda interior, el silencio, que aflora como el agua del río en un pasaje de voces reflexivas, como el vuelo bajo y en círculo de los pájaros, elementos de la naturaleza que se conjugan esenciales en el devenir de los pensamientos y de la búsqueda retrospectiva. Estos destinos se bifurcan como el Comallo o, eventualmente, confluyen como el Collón-Curá y como el Limay-Leufú.
El tiempo, esa magnitud física, atraviesa la vida de cada uno de los personajes como el agua del manantial (Koom), de la caleta, de las montañas, o del mar, “como la marea que lleva y trae lo que sea y vuelve a irse, a veces sin dejar nada a su paso”[10].
En cada capítulo, el autor adapta las voces de sus personajes mediante la utilización de recursos lingüísticos basados en el discurso regional inmerso en las características socio ambientales y de legitimación cultural. Esta variedad diastrática procesa una escritura de morfología errante, conforme a los personajes.
Las intervenciones literarias presentan un discurso narrativo elaborado por una tipografía cursiva, con comentarios y visiones de carácter filosóficos, en los cuales, con perspectiva crítica y con una nimia prosa poética, el narrador oficia la síntesis de cada capítulo.
En otro orden, y apelando a la estructura del discurso, se percibe una narración que cuenta la historia desde una mirada introspectiva. La estructura narrativa de Emil García Cabot nos sumerge en misterios e intrigas difíciles de abordar en una primera lectura. Existe en su contenido una complejidad narrativa esquiva y recóndita, que motiva al lector a descifrar de manera atenta la retórica discursiva que el autor propone en cada encuentro literario. Convocar al lector al análisis reflexivo y a la inquietud constante fueron, en vida, su fuerza indómita y su inspiración.
En la presente obra literaria, los enigmas son develados por la incursión de recursos discursivos que aportan ambigüedad, pero a su vez elocuencia. Los recursos naturales, simbólicos y místicos sustentan el ritmo pretendido. Pero El último horizonte jamás sería para el autor la última palabra, ni tampoco para el lector que, ávido de su lectura, se someterá a la intención legítima de nuevas dilucidaciones. Existen en el contexto narrativo descripciones que se encuentran internalizadas por los personajes. Cada uno de ellos lleva impregnada la subjetividad que aflora desde su interior mediante diálogos introspectivos y de evocación.
Emil García Cabot fue un prolífico narrador que profundizó en sus escritos la lucha por la libertad, la búsqueda de la verdad y la igualdad de clases. Asiduo conocedor de las lenguas nativas, proporcionó en su obra un glosario tehuelche o aonikenk, situado en las últimas páginas del ejemplar. Existe, en las obras del autor, una analogía conceptual en la reiteración del tiempo. En El último horizonte, se desplaza la idea de la hora: “Mas la hora viene y la hora es”; “Ahí estaba entonces, con marca y todo. La marca del tiempo sería, porque qué otra cosa que el tiempo va dejando sus marcas, sin darnos cuenta y separando el antes del después, de los que luego uno habla y habla, queriendo encontrarles sentido”[11].
Respecto del tiempo, resulta pertinente citar las palabras del narrador en sus comentarios iniciales: “Una historia que el raciocinio hubiera podido clarificar o ensombrecer, según las adscribieran o no a sus propias existencias quienes la contasen. Una historia en lo posible cercana y hasta cierto punto personal, para que, evocándola sin errores y omisiones a través de los tiempos, fuese como el germen de una altiva raza por nacer, o la definitiva identidad de los hombres de este suelo”[12].
El último horizonte consta de ciento treinta y siete (137) páginas, con un total de trece (13) capítulos. Está precedido por un prólogo, en el cual la profesora en Filosofía y Letras, Licenciada Norma Pérez Martín, distingue elementos psicológicos y ahondamientos característicos, enunciados previamente en la introducción de este ensayo analítico. Y, otra vez, la constitución de elementos naturales, como el viento, la lluvia, la nieve, la piedra, el fuego que potencian cada una de las estructuras discursivas de la obra. Las leyendas, los relatos místicos son, asimismo, componentes dispares, como la cruz, la lanza, el cielo, la tierra, Cristo y Camalaske. Y el horizonte, esa extensión espacial inquietante y hasta perversa, que con persistencia busca siempre la claridad del alma.
En su estructura de paratexto el libro exhibe tapa blanda con una portada revestida en dos fotografías de color; la de imagen superior revela el vasto desierto patagónico cubierto por las piedras, material de origen natural, cuya pictórica asocia, de manera sutil, la idea de la muerte. En la imagen inferior se ubica la fotografía de la caleta del mar, representación escénica alusiva a la vida inerte.
El ejemplar presenta dos solapas en las cuales se precisan los premios y las distinciones, que de manera precedente fueron mencionados al comienzo de este análisis literario.
Conclusiones
De acuerdo a la ubicación geográfica, histórica y contextual en el cual se aborda la obra, El último horizonte define la característica de tópico de coyuntura vital, ya que presenta en los personajes la lucha por ser quien genuinamente se quiere ser. A su vez, amplia la clasificación en el tópico la voz de la sangre, considerando el planteamiento de temas relacionados con los orígenes, las familias y los antepasados. La voz de la sangre, la voz (o el llamado) de la tierra, la reivindicación de la identidad cultural y el lugar de pertenencia. Son tópicos de especial recurrencia en las obras argentinas de fines del siglo xx, y también en las actuales
Se podría establecer una simetría con los títulos de Emil García Cabot respecto del uso de cronotopo, la fijación del tiempo y del espacio en que se desarrolla la acción, la recurrencia de los silencios como un artilugio de defensa, donde la soledad, los miedos y la muerte, a su vez conjugan un rol circundante de misterio.
Es meritorio destacar que toda obra discursiva y literaria es una arquitectura compleja de cronotopos que han ido formándose a lo largo de la historia de la literatura. Cabe consignar que la teoría de los cronotopos en la novela fue desarrollada exclusivamente por Mijail Bajtin en 1937-1938[14].
Puede apreciarse que la obra de García Cabot se enmarca como un cronotopo pragmático y actancial al referirse al camino. Como todas las obras que incluyen esta clasificación, incluyen diferentes tipos de viajes como acumulaciones de experiencias. Las traslaciones en el espacio son centrales, en tanto que las socializaciones permiten una articulación entre lo natal, el desarrollo y ocaso de los personajes[15].
Siguiendo el concepto, parte de la obra de El último horizonte se sitúa en un espacio socio costumbrista, que es la forma de presentar lo social de diversos factores. En su versión de cronotopo folklórico, o laboral agrícola, la obra literaria se vincula a festividades y rituales indígenas, y a la integración entre el ser humano y la naturaleza.
A nivel espacial, la novela acentúa la identificación de cronotopo idílico natural, ya que el espacio es una dimensión de valorada significación. Lo enunciado se percibe en la consideración del sol, la vegetación, los ríos, hasta la dialéctica de la luz/oscuridad, de lo alto, lo bajo, lo frío, lo cálido. Este cronotopo pertenece al pasado destruido de los indígenas, y también es un proyecto de reconstitución que no llega a plasmarse. Está vinculado con lo sagrado, lo divino, lo religioso y, esencialmente, con la naturaleza. Posee carácter cíclico. Cita: “Las tierras vastas y baldías por un lado y por el otro, los campos que, convertidos en corrales y potreros de precario pastoreo, eran ya la patria de disputas y despiadados acorralamientos”[16].
En la lectura fenomenológica y siguiendo el orden del discurso que se dispone a una aproximación analítica, El último horizonte se define como una novela intercultural, ya que, en su estructura, se presentan tehuelches, mestizos y blancos, en participación con sus lenguas y culturas, definiéndolo en su contenido como un híbrido cultural. De manera simétrica, es también una obra literaria de viaje y del cronotopo del camino, con traslados espaciales, contrastantes, donde se encuentran los personajes. Prosiguiendo con el presente análisis ensayístico, la obra de Emil García Cabot se enmarca también como una novela de conflicto, de gran choque humano, que culmina con la muerte y con fuerzas encontradas.
Ciertamente, el autor, con fundado conocimiento, pone de manifiesto en esta obra ficcional el conflicto de identidad como parte constitutiva de las representaciones sociales identitarias, donde cada sector en la contienda simbólica tiene alguna forma de expresión.
Dentro del marco histórico, es loable destacar que, a partir de 1890, en el sur del Limay Negro, los primeros pobladores fueron mapuches y chilotes, mientras que los tehuelches, de manera consecuente, defendieron sus raíces primitivas con decisión y coraje.
En la obra de Emil García Cabot, se exhibe con énfasis el mestizaje como la identidad desde la mirada cultural, y no a partir de la biología. No como un concepto estático, sino dinámico, producto de intercambios culturales, influenciado e influenciador del contexto social, e inmerso en una red de relaciones simbólicas.
En este contexto correspondería la definición expresada por la Real Academia Española: “El mestizaje es el cruzamiento de diferentes razas que da origen a un conjunto de individuos que resultan de ese cruzamiento, los mestizos, y a la mezcla de cultura distintas, que da origen a una nueva”.
Como corolario de la obra magnífica de Emil García Cabot, cabría destacar la sutil coexistencia entre el discurso de la literatura con el discurso de la historia, donde prevalece, en su variedad lingüística, la búsqueda infructuosa de la identidad como el último horizonte.
Citas bibliográficas
Jofré, Manuel (1884). Los héroes revisitados. La obra literaria de José Bilbao Richter. Buenos Aires. Editorial Círculo Militar.
El otro yo: a identidad lingüística argentina como conflicto:
https://journals.openedition.org/amerika/4387
Carnese, Raúl. El mestizaje en la Argentina: indígenas, europeos y africanos: una mirada desde la antropología biológica. Buenos Aires, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras Universidad de Buenos Aires.
https://www.aacademica.org/000-108/199
[1] García Cabot, Emil. El último horizonte. Editorial RyC. Pág. 7.
[2] García Cabot, Emil. El último horizonte. Editorial RyC. Pág. 29.
[3] García Cabot, Emil. El último horizonte. Editorial RyC. Pág. 33.
[4] Op. cit. Pág. 23.
[5] Op. cit. Pág. 161.
[6] Op. cit. Pág. 186.
[7] Op. cit. Pág. 153.
[8] Op. cit. Pág. 216.
[9] Op. cit. Pág. 11.
[10] Op. cit. Pág. 134.
[11] Op. cit. Pág. 105.
[12] Op. cit. Pág. 27.
[13] Fleming G. (2020). Diez temas comunes en la literatura.
[14] University of Texas Press (1981). Forms of Time and Chronotope in the Novel, en M. M. Bajtin, The Dialogic Imagination: Four Essays. Págs. 84-258.
[15] Jofré, Manuel (1884). Los héroes revisitados. La obra literaria de José Bilbao Richter. Buenos Aires. Editorial Círculo Militar. Pág. 129.
[16] García Cabot, Emil. El último horizonte. Editorial RyC. Pág. 69.
Imagen de portada: Novel El último horizonte






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