La gitana

Columnas - La Palabra01/09/2022 Jorge Alberto Rampinini

  

POSDATA Digital Press | Argentina

Jorge-Rampinini

Por Jorge Alberto Rampinini | | Escritor 1 Miembro de la SADE | Diplomado en Teoria y Producción Literaria| Socio  de la Academia Argentina de Letras| Profesor en Tecnologias de información y comunicación.  

Publicación original:28/10/2021


 A mediados de 1492, en un pequeño pueblo de Europa, una persona se acercó a ella. La gitana estudió su mano y conoció a un ser solitario. Los surcos de la mano mostraban a alguien con un pasado oscuro y lejano, alguien que cargaba sobre su espalda con el peso de esa condena. 

 De pronto todo esto la confundió, no sólo la mano del extraño parecía estar ocultándole la realidad, algo en su mirada, la perturbaba e inquietaba.

 Demasiados problemas la perseguían como para ocuparse de ese hombre que apareció en su camino. Sin embargo, cuando llegó a su humilde vivienda dudó en comentarlo a su madre que estaba muy enferma y apenas podía con la casa y sus dos hermanos menores.

 Pasaron varios días y cuando volvía del pueblo donde se ganaba la vida adivinando la suerte a los turistas, se le presentó nuevamente el extraño.

 Le extendió su mano y le dijo con voz aguda que parecía salir de lo más profundo – Puedes cambiar el destino a tu madre. Su final se aproxima, ven conmigo y ella podrá cuidar de la casa y tus hermanos. 

  Asustada soltó la bolsa que traía y corrió. 

 “Si su padre, que había muerto en la guerra, estuviera con ellas, habría salido a darle una lección a ese vagabundo que la merodeaba”, pensó.

 De todas formas no quiso abrumar a su familia y nuevamente guardó el secreto.

 Pasaron esta vez unas cuantas semanas y llegó el invierno al pueblo  que se cubrió de blanco con la nieve.

 La gitana partió a la ciudad que estaba más lejana, tenía el triple de población y al puerto llegaban constantemente barcos con gente nueva y la posibilidad de más trabajo.

 Su madre seguía enferma, pero no tenía otra opción.

 Extrañamente, pasado un tiempo, sus hermanos le escribieron, diciéndole que ella mejoraba notoriamente. Al parecer, se debía al nuevo doctor que había llegado al pueblo, luego del accidente sufrido por el que siempre la estuvo atendiendo.

Si bien esto la alegraba, no dejó de llamarle la atención, más aún, luego de las palabras del extraño que se le presentó los días previos a su viaje. En cuanto pudo regresó, y realmente el estado de su madre era totalmente distinto y no dejaba de mencionar al nuevo médico.

Al día siguiente la acompañó al hospital. Al entrar su rostro se transformó y no dejó de horrorizarse al ver que la persona a la que su madre se acerca entusiasmada  se trataba del hombre que la perseguía. 

 Este la miró, le sonrió y se alejó del lugar.

  Ante estos acontecimientos no tuvo más remedio que contarle a su familia todo lo ocurrido.

 Al principio la madre no salía del asombro, pero con la seguridad del relato de su hija y las creencias gitanas, no cabía duda de que algo extraño y malvado  ponía en peligro a la joven y a la familia. 

 Es en ese instante que decide escribirle al jefe de los gitanos  y éste le responde, seguramente están siendo perseguidas por el Lamia, demonio recaudador de almas. Y es debido a sus hechizos la conocida maldición gitana. Además les advirtió, tengan cuidado, escapen del pueblo, y  recuerden que toda maldición tiene una consecuencia.

 Con sumo cuidado cargaron la carreta con los equipajes y se dispusieron a marchar. En ese momento llega su antiguo médico quien al verla tan recuperada no puede entender que había ocurrido.

 La gitana y su madre sintiéndose protegidas por la llegada del doctor que anteriormente la cuidaba deciden regresan al hospital para enfrentar a quien las merodeaba. Es ahí cuando les informan que, al volver ya recuperado el antiguo facultativo, este se marchó. Pero antes les dijo a la gente del lugar de manera que a ellos les extraño –- Me voy habiendo cumplido mi tarea, dos almas he recuperado a cambio de quienes quisieron escapar de su destino.

Realmente el médico y el personal no comprendía nada de lo dicho, pero la gitana y su madre corrieron a la casa. Sus dos hermanos no estaban y aunque se quedaron por muchos años esperándolos, el Lamia, la muerte, su cuenta se había cobrado.

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