Era algo humillante, no me asustaba, pero sabía que nada podía curarme, no quería hacerlo, solo quería verme hermosa y mis vestidos y rubores podían darme lo que quería...
Puedo jurar al cielo que quise llorar cuando tomó mi mano y segundos después tomó el jazmín, ya no hicieron falta palabras, ni mucho menos escondernos del tiempo.
Entre expedientes y esperas, laten historias que no deberían archivarse. Porque detrás de cada papel hay abrazos suspendidos, infancias que crecen sin afectos y adultos que aún confían en que la justicia despierte
“Villa Fiorito, tierra de potreros y memorias vivas. Donde cada calle guarda la infancia, los sueños y el eco de una comunidad que nunca dejó de latir.”