
Viur, capítulo 30: Petit Tremblement

POSDATA Press | Argentina

La visita a la fábrica había servido de bálsamo después de tantos días de infructuosa búsqueda en la línea del Metro. La idea de que quizás nunca hallara al culpable empezó a rondarme por la cabeza y hacer que muchas noches no durmiera bien a pesar de los mimos de Hui-Yin, que se esforzaba en hacerme olvidarlo aunque sin llegar a conseguirlo casi nunca. Al menos, lo que dependía de mí parte estaba ya hecho. El Petitre había sido un éxito total. Aquella vaca se había desplomado como un fardo, pesadamente, y al parecer sin haber sufrido. Su colapso fue prácticamente instantáneo nada más apretar el disparador que hacía las veces de gatillo. Trafalgar había realizado mejoras en el diseño de mi padre, modificando su aspecto final. El arma tenía la apariencia inofensiva de un teléfono móvil de última generación, por lo que con gran idea por su parte, uno podía apuntar a su objetivo con total tranquilidad, como haría si fuera a tomar una instantánea con su cámara, o un inofensivo selfie. Su efecto pasaría desapercibido incluso para alguien que estuviera mirando y pendiente de mis actos. Cuando el sujeto en cuestión estaba listo para recibir el impacto, la falsa cámara emitía un pequeño resplandor parpadeante de color rojo, igual a un flash, entonces era el momento adecuado de apretar el disparador. A pesar del éxito obtenido en la prueba, le dejé el Petitre para que realizara unas mejoras que me dijo eran posibles de ejecutar. Quería que de caer en otras manos que no fueran las mías el arma fuera del todo inservible, de modo que sólo yo pudiera activarla y hacer uso de ella. Prometió instalarle un reconocimiento de voz (para ello me grabó mi nombre antes de irnos) y un lector digital de la huella dactilar para iniciarla igual que un teléfono móvil. Con eso garantizaría el que no pudiera dispararla accidentalmente. El reconocimiento facial decidímos descartarlo para evitar dejar ese tipo de registro desde el cual pudieran llegar a dar conmigo. Hui-Yin insistió en ese apartado. Los buenos y los malos, según ella, podían llegar a ser los mismos o incluso iguales. El tiempo, una vez más, tendría la última palabra, y cada día que pasaba ese momento parecía estar más cerca.


¿Qué se siente caminar hoy por los pasadizos del Serapeum?






