Viur, capítulo 31: Llamada Intrigante

El Arca de Luis12/03/2026 Luis García Orihuela
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POSDATA Press  | Argentina


Luis García Orihuela-2
Por Luis García Orihuela


El domingo decidimos tomarlo sabático, decidimos que un pequeño descanso nos vendría de gran ayuda después de todo los acontecimientos vividos en los últimos días. Yo creía en aquello que decían los rusos de que el destino no se elige, sino que se sigue, así que lo que tuviera que ser, sería. Hui-Yin salió temprano a correr, tal y como hacía todos los días antes de comenzar cualquier otra actividad, y yo me quedé en casa. Aproveché la mañana para desempacar algunas de las cajas de la mudanza que se habían quedado pendientes de abrir por no ser necesario su contenido a priori, y porqué no decirlo, por falta de ganas.

Sobre las once de la mañana, ya los dos juntos, preparamos un pequeño tentempié a base de zumo de naranja, tostadas con pan integral, tomate, aceite de oliva, un toque de sal y queso blanco. Hui-Yin rechazaba todo aquello que era considerado como comida basura o comida chatarra. Tan solo aceptaba las patatas chips si no llevaban sabores añadidos, como las que comercializaban al jamón, o al queso. Ofrecerle algo así era como insultarla, cosa que descubrí en cuanto aceptó viviéramos juntos en la nueva casa como un matrimonio cualquiera.

Sonaba en la sala Celine Dion, poniéndole su voz al Ave María de Schubert. Estábamos tan extasiados escuchando su grandiosa interpretación, que tardamos en darnos cuenta de que estaba sonando el timbre de mi mi teléfono móvil. Fue Hui-Yin la primera en llegar al teléfono y darle entrada a la llamada.

—Es la señora Smith, dice que tiene algo importante que comentarte —dijo Hui-Yin tapando el móvil contra su siempre cálido pecho, y pasándomelo acto seguido.

La conversación telefónica fue breve e inquietante, por teléfono no quería ser clara en lo que deseaba decirme, y me conminaba a que me acercara a su consulta a la mayor brevedad que me fuera posible. Colgó sin tan siquiera despedirse.

—¿Y bien?

—Quiere que vuelva a su consulta, aunque en calidad de visitante y no de paciente. Dice haber revisado la grabación de la hipnosis regresiva y que ha descubierto algo que se le pasó por alto, pero no ha querido concretarme nada más. Ha insistido en que me persone allí y ha colgado sin más.

—¿Crees que parecía preocupada? Me refiero por su tono de voz. Si le has notado...

—No lo se. Es posible. Me ha parecido más bien exaltada. Igual que un niño en el día de los Reyes Magos.

—¿Y cuándo te ha dicho que vayas?

—No ha dicho cuando. Tan sólo que cuanto antes mejor sería.

*

En cuanto llegamos a la consulta, la chica de recepción nos dio paso sin más. Era evidente nos estaba esperando. Nos condujo a un despacho aparte que no conocíamos, y nos invitó a ponernos cómodos mientras nos recibía Smith. Era un despacho frío como casi todos los despachos, pero decorado con buen gusto. Quizás realizado por encargo a algún diseñador caro de los que están de moda. Por lo que

cobraba en sus consultas se podía permitir eso y muchos otros caprichos. Incluso entraba en lo posible que la obra de la pared fuera un auténtico Chagal y no una copia. La mirada de Hui-Yin ratificó mi sospecha. Había una mesa de grueso cristal negro con una pirámide de mármol totalmente blanco que deduje debía de hacer las veces de pisapapeles. A la izquierda de la entrada había un gran sofá de estilo francés y dos sillones a juego, que parecían invitarnos con la comodidad que transmitían a la vista a sentarnos en ellos. Dejamos los abrigos sobre ellos, y nos sentamos dispuestos a esperarla, no podíamos hacer otra cosa. A nuestra izquierda había una gran ventana que debía dar a la calle, ya que la cortina impedía ver el exterior. No había revistas, ni nada con que distraernos, solo algunos cuadros con motivos extraños, todos por lo visto del mismo autor. No tardó en aparecer, y tras un saludo escueto fue directa al motivo por el cual me había llamado. De la librería, detrás del escritorio, tomó un mando a distancia con el que hizo que una pantalla de proyección bajase, cubriendo completamente el ventanal desde el techo. Desde otro mando situado en la pared, reguló la luz de la estancia, dejándola con menos intensidad, pero suficiente para vernos.

—Quiero que se fijen en este fragmento que les voy a poner de la hipnosis, y presten mucha atención a lo que usted contesta al describir el recuerdo del asesino de su padre.

Ante aquella pantalla de gran tamaño, el efecto era como si asistiésemos al estreno de una película de la MGM. reviví una vez más aquel día y el de la grabación. Me di cuenta de a que se refería y el motivo de su llamada. Bajo los efectos de la hipnosis regresiva había explicado que el hombre que le apuñalaba parecía mirar buscando a alguien. En su día no le dimos importancia y pasamos ese detalle por alto. Nos puso una vez más la grabación. Aquellos pocos segundos volvimos a verlos pero en esta ocasión a cámara lenta, sin sonido.

—Con la privacidad profesional que corresponde a mi profesión, me he permitido pedir una segunda opinión a un amigo de confianza. Es policía.

Hui-Yin y yo nos miramos complices. Con los ojos nos dijimos todo sin necesidad de hablar nada entre nosotros. ¿Policía? Eso había dicho la doctora, y para nada queríamos la participación de ninguna presencia policial. Pareció leer en nuestra mente sin necesidad de someternos a hipnosis a ninguno de los dos.

—Pueden estar tranquilos —dijo intentando serenarnos— Mi amigo es una tumba con los casos que le comento y pido consejo. He querido ser franca con ustedes dos, y por eso les he citado aquí —dijo Smith subiendo la pantalla con el mando a distancia y adecuando nuevamente la luz del despacho— En su opinión de experto, todo parece indicar que el asesino es un sicario. Lo contrataron con la finalidad de matar a su padre. Está clarísimo, y usted mismo así lo reconoce, que entra al vagón buscándolo y en cuanto lo ve reacciona para cumplir con su contrato.

Nos quedamos de piedra y sin saber que decir. Quise pagarle la visita como una consulta más, pero se negó alegando estaba ya incluida en el cobro recibido. No quise discutir por ello y acepté de buen grado fuera así. Salimos de allí, de la consulta, dándole vueltas a la cabeza sobre todo aquello que significaba, y en que medida iba a cambiar nuestros planes sin duda alguna. En aquel juego de vida y muerte, el asesino era un mero peón, un simple ejecutor a sueldo de un segundo implicado, que ahora había aparecido en escena por primera vez y con el cual no sólo no habíamos contado, sino que ni tan siquiera teníamos un conocimiento vago de su existencia. Quizás mi padre había hecho enemigos a causa de sus inventos.

 

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