

POSDATA PRESS | Argentina

Por Luis García Orihuela
No solo llevábamos algo más de una semana con mal tiempo, días grises, y tormentosos las más de las veces, sino que también sin lograr ningún avance en nuestras pesquisas detectivescas, y eso era lo peor de todo. Por las noches, nada más cenar, nos abrigábamos con todo lo que pillábamos a mano y salíamos al porche a disfrutar del agradable entorno y charlar un rato de lo acontecido durante el día. Era el mejor momento de todo el día y lo sabíamos los dos. Algunas noches llovía con más o menos intensidad, pero la techumbre del porche nos resguardaba de dichas inclemencias climatológicas. Los dos éramos de acostarnos tarde, y cuando al rato entrábamos a la casa en busca del calor perdido, Hui-Yin se enfrascaba en sus pinturas, inmersa en la inspiración que le llegaba a través de los audífonos con los que escuchaba su música.
—¿Qué vas hacer con Trafalgar? Me refiero respecto a la fábrica. Mantenerle junto con las otras dos personas que están con él, ha de costar un dinero.
Aunque Hui-Yin no era de ese tipo de mujer interesada por amasar fortuna, si que en cambio se preocupaba porque a mi no me faltara esa independecia económica. No obstante, la venta de la casa de mis padres a un prestigioso diseñador de moda del momento, había contribuído a engrosar mis cuentas bancarias muy holgadamente, lo suficiente como para poder vivir sin tener que pasar estrecheces, ni tener que trabajar nunca más. Sólo de los intereses anuales tendría pingües beneficios anualmente sin necesidad de tener que hacer trabajo alguno.
—Mi padre le habló de otros inventos que tenía en mente, y aunque prácticamente no hay apenas bocetos o diseños de ellos, si que dejó en cambio algunas anotaciones de varios de ellos, y le explicó cual era la idea que llevaba con cada uno de ellos. Trafalgar cree que puede realizarlos, así que le he indicado que siga, a ver que sale de todos ellos.
—Si, parece buena idea. Se ve que es un buen hombre y que estimaba mucho a tu padre. Me alegro hayas tomado esa decisión.
Los grillos han debido de darnos su opinión, pues se han dejado oír nada más terminar de hablar Hui-Yin. Les hemos dejado hacer y disfrutado de su cántico que trae consigo paz y sosiego al escucharlos.
—¿Sabes...? —Me pregunta Hui-Yin sin esperar respuesta, mientras se pasa el dedo índice por la frente, como arreglándose su flequillo de cortinilla— he ido reconociendo estos días a casi todos los que me has descrito que viajan en el Metro a esa hora, y he pensado una cosa... que igual que tú te has fijado en ellos, seguramente, a su vez, ellos hayan hecho lo propio respecto de los demás.
_¿Y? No entiendo a donde quieres ir a parar.
—Pues muy sencillo, alguno de los que suben al Metro puede ser que conozca al asesino de tu padre. Igual yo podría sonsacarles información, entablar conversación durante el trayecto y sacar a colación el día del suceso. He pensado que siendo habituales en el trayecto, debieron ver y comentar el suceso durante días e incluso semanas.
—Me dejas anonadado. Eres increíble Hui-Yin.
—Lo sé.
—Mañana podríamos quedarnos en casa y hablarlo en profundidad. Aunque te hablé de algunos de los pasajeros cotidianos, aún hay otros que no sabes de ellos. Hemos de pensar cual puede ser el más propicio para sonsacarle información. No podemos ir interrogando a todos y delatar nuestro interés. El hacerlo con sutileza, sin llamar la atención puede llevar mucho tiempo.
—Me parece bien. ¿Nos vamos dentro? Ha refrescado y quiero quedarme a pintar un rato.
La mañana siguiente salió lloviendo. Fue una buena idea la tomado la noche anterior de no salir, y quedarnos en casa hablando sobre los pasajeros. Así lo hicimos nada más haber terminado de almorzar.
—¿Y bien? —consultó Hui-Yin sabiendo que iba a entender a que se refería con aquel «¿Y bien?» suyo.
—Anoche, antes de quedarme dormido pensé en ello. En todo lo que hablamos, en la gente que se suben habitualmente a esa hora al Metro. Descarté a muchos. Como te habrás dado cuenta, cada lado del vagón está formado por tres divisiones. Los extremos son de tres asientos, y en el centro, de cuatro. Eso nos da un total de veinte personas sentadas por vagón, por lo cual, como son cuatro los vagones en esa línea, estamos hablando de ochenta candidatos, eso sin contar los que entran y los que viajan de pie. Son muchos. Demasiados diría yo.
Hui-Yin tomó la jarra con el zumo de naranja y se llenó medio vaso.
—¿Quieres? ¿Te pongo un poco más? Están buenísimas estas naranjas —dijo refiriéndose a las que habíamos tomado del frutero para hacer zumo— Son muchas personas, cierto, pero creo que deberíamos centrarnos, al menos en un principio, en el vagón del conductor. Fue allí donde ocurrió todo.
—Voy por papel y bolígrafo. Haré una lista con sus apodos.
La lista pronto estuvo confeccionada y preparada para ir tachando nombres y, estableciendo un orden prioritario de acercamiento, tal y como había propuesto Hui-Yin. Se la mostré una vez terminada.
El trajeado de gris.
El africano.
La señora grande de limpieza.
Dolores, la Cotorra.
El de la bici, también africano.
La hermana de la Cotorra.
El Yayo, Javier.
El del gorro negro.
El abuelo de Heidy.
Bocadepez.
El trío de mantenimiento.
La del carrito de bebe
El estudiante de los rastas
La pequeñaja
—¿Qué te parece?
—Faltan nombres en esta lista. Cuento catorce solamente.
—Así es. Es gente de limpieza que ya la he descartado directamente. De hecho, no siempre buscan el primer vagón. Son muchos los días que se van al segundo.
—Bien. Empecemos pues con estos.
Durante varias horas hemos hablado largo y tendido de cada uno de ellos. Los primeros en ser tachados fueron, después de un ejercicio de memoria, los que se bajaban en las paradas mas inmediatas, pues de saber algo al respecto sería lo que les pudiera haber llegado a través de otros, y eso contando con que hubieran llegado a enterarse de algo. No era imposible, pero si, poco probable. Así que mediante esta simple regla, fuimos dejando fuera a los dos africanos, la del carrito de bebé que bajaba en la segunda estación, junto con el estudiante de los rastas y el del pantalón caído, así como los tres de mantenimiento que bajaban después de ellos.
El trajeado de gris, un hombre de unos cincuenta años o puede que algunos más, era el típico caballero de antaño de modales refinados, reservado, y que apenas hablaba con nadie. Salvo con Dolores cuando subía al vagón que la saludaba siempre como una norma de obligado cumplimiento. Hui-Yin no quedó muy convencida cuando dije de descartarlo.
—El hecho de ser reservado con los demás no tiene porqué significar no escuche y esté atento ante lo que ocurre a su alrededor. Tú mismo has reconocido haber caído en la cuenta de que igual siempre han pensado debías de ser mudo al no haberte oído nunca decir esta boca es mía. Incluso te has reído por ello sólo de pensarlo.
—Es verdad. Tienes razçon. Lo ponemos entonces en una segunda lista. ¿Te parece?
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Entrevista a Mapy B: Mi voz no era el problema, sino el mundo que no sabía escuchar


