
Viur, capítulo 33: Indicios

POSDATA Press | Argentina

Por Luis García Orihuela
Como probablemente hiciera Bukowski, según menciona en alguno de sus poemas, decidí buscar El hada de mediodía de Dvorak y escucharla acomodado sin más. Dejarme llevar por la batuta de Zaeth Ritter, sus notas… «¿Era hada o bruja? ¿Qué sensación puede llegar a percibir un borracho al escucharla?». Mientras sonaba la pieza me levanté, preparé un café bien cargado y una vez hubo salido del todo de la cafetera lo deposité en la taza y le añadí una cucharadita de azúcar moreno. Era una tarde tan buena como cualquier otra para dejarse llevar por el espíritu, ensimismado más allá de lo habitual en mi persona. Acepté pues, de buen grado, que la tarde transcurriese así, tan lasa, incolora, diluida y sin sabor a nada, solo con el aroma del café del cual salían columnas de humo, espirales que dibujaban mensajes secretos que nunca sería capaz de interpretar. Una vez hubo terminado El hada de mediodía, continué con Le Chausseur Maudit de Franck. Aquella obra inspirada en la balada Der wilde Jäger (El cazador salvaje) del poeta alemán Gottfried August Bürger tenía algo especial. Quizás un desafío para el que la escuche. «¿Podría ser yo un asesino?». Las campanas de la iglesia llamando a sus feligreses a misa me han recordado su historia: «Un conde del Rin quiso salir a cazar una mañana de domingo, a pesar de ser conocedor de la prohibición del Sabbat cristiano. No temeroso ante hombres o dioses, tocó desafiante su trompa de caza a pesar de la llamada de las campanas de la iglesia y los cantos sacros a buscar el recogimiento y la oración en día tan señalado. Una voz surgida de lo más profundo del bosque se deja oír, condenándole y maldiciéndole a ser perseguido eternamente por los demonios». Dejé la taza ya vacía sobre la mesilla de cristal rosado, atento a que quedara totalmente de perfil, mostrando a mi izquierda su graciosa asa por la que apenas cabría un dedo, y el motivo floral de rosas que tanto me gustaba. El aroma a café endulzado perduraba todavía en el ambiente. Cerré los ojos. Las campanas habían dejado de sonar. Aquella caza infernal del conde se adivinaba en los compases macabros y obscuros que se escuchaban en aquel momento. « Perseguido eternamente por los demonios, ¿Me pasaría a mi lo mismo? ¿Me convertiría en un cazador agazapado a la espera de su presa si la ocasión se terciaba?».¡Oh! ¡Suenan violines y flautas! es Le Danse Macabre de Camille Saint-Saëns, no he podido evitar dejar el asiento y ponerme a dar giros y mas giros por la sala. ¡Es tan hermosa! ««¡Bailemos, bailemos!»» diría Cursiva plena de júbilo y alborozo. ««Celebremos que hoy estamos vivos, ¡seamos esqueletos danzantes!»».

Había ido a unos almacenes cercanos a la casa, con la intención de hacerme con unos maceteros grandes de barro cocido y algunos sacos de abono para reforzar el crecimiento de las plantas. La atención y cuidado del jardín era una tarea que me ayudaba a relajarme y estar más centrado en mis cosas. Cada vez era más tiempo el que pasaba en el jardín dedicado a embellecerlo, cosa que Hui-Yin me agradecía con creces siempre que se daba la ocasión. Le encantaban las flores que teníamos en el jardín, y eran numerosos los álbumes que tenía con apuntes y acuarelas florales. Prácticamente, durante las dos últimas semanas, nuestra cacería del asesino se había visto abocada a ser realizada por cada uno con un plan que no habíamos compartido en ningún momento, y que yo estimé era más por instinto, por el dejarnos llevar que cualquier otra cosa parecida a un plan realizado por unos profesionales. Esa era la verdad aunque no la reconociéramos. Fue justo cuando estaba apunto de pagar en la línea de caja, cuando me sonó el teléfono con la melodía personalizada para las llamadas entrantes de Hui-Yin. Dejé sonara Despacito de Daddy Yankee, mientras volvía a meter en el carrito lps artículos que había comprado .
—Dime Hui-Yin.
—Hay novedades. Creo haber dado con la pista que andábamos buscando.
No necesité oír más. Tomé un taxi en la puerta del establecimiento y, tras cargarlo todo en el maletero, salí dirección a nuestra casa. De ser cierto lo dicho por Hui-Yin podíamos estar al final de la búsqueda del asesino de mi padre.
El taxista demostró conocer bien su zona de trabajo, Durante el trayecto se limitó a conducir y no hizo intento de entablar conversación, cosa que agradecí notablemente luego en la propina una vez llegamos al destino. Nada mas descender del vehículo vi a Hui-Yin apoyada en el marco de la puerta. ¡Dios, que hermosa estaba allí¡ con aquel sol que le acariciaba el cabello y la iluminba con sus halos. Me saludó con la mano y una sonrisa en el rostro. Tomé del maletero la compra y despedí al taxista tras pagarle el importe de la carrera. Me sentía feliz. Ardía en deseos de preguntarle allí mismo, en la entrada, pero era consciente de que Hui-Yin de ninguna de las maneras soltaría prenda alguna sin antes darle un protocolo adecuado que justificara todo lo que había averiguado.
Preparamos unas generosas ensaladas y unas fuentes con distintos tipos de quesos. Los dos ardíamos en deseos de entrar en materia. Hui-Yin, de contarme sus andanzas detectivescas en plan Sherlock Holmes, y yo, por mi parte de hacerle preguntas y más preguntas con el fin de asegurarme de que estaba en lo cierto. Pero si algo había aprendido de sus costumbres, era el darle un tiempo a cada situación, no tener prisa, como ella misma decía: dejar fluir las cosas por si solas, sin forzarlas. Pusimos todo en la mesilla auxiliar y la acompañamos con una buena botella de vino blanco y un par de copas y servilletas desechables.
En la terraza, ya sentados a la mesa, comenzamos a comer de la ensalada y a servirnos pequeñas raciones de queso.
—¿Vino?
—Pues claro, Viur. Para eso lo hemos traído. ¿O acaso era para pasearlo y le diera el viento?
—No. Claro que no. Yo…
Por un momento me ha recordado su forma de hablarme a Cursiva y a punto he estado de contestarle con un «no empecemos Cursiva», pero he sabido contenerme a tiempo y no soltar prenda.
—Ya se. Ya se… estás a punto de estallar de los nervios. No te preocupes. Lo comprendo. Es natural estés ansioso por saber lo que he podido averiguar.
—¿Entonces?
—Recuerdas tenía un álbum de dibujos míos con diseños de tatuajes?
—Ciertamente. Te he visto con él en la mano más de una vez, y en este mismo sitio en el que estás sentada ahora, en varias ocasiones.
—Pues bien, estos días atrás decidí probar suerte y llevarlo conmigo en los trayectos en el Metro. Pensé que a lo mejor podría sonsacar a la gente de la lista algún recuerdo del día fatídico del asesinato de tu padre. O al menos, servirme de pretexto para entablar una conversación con algunos de los pasajeros. A la gente le gusta ver dibujar…
Durante un rato permanecí impasible —o al menos eso intenté— escuchando atentamente todas sus peripecias vividas. Igual de detallista que era en sus obras, lo era también en sus descripciones. Una por una fue contándome cada contacto como se había producido, y como, se las había ingeniado para que su puesta en escena pareciera casual y no premeditada como realmente había sido.
—Y al final a que no sabes quién ha sido la persona que lo ha identificado? Tú me hablaste mucho de ella durante tu estancia en el hospital.
—Pues... no se... !Espera! ¿Dolores?
—Así es. Ella misma. Tu “cotorra” como la llamas a cantado y de plano… no veas como. Hasta me ha dado una descripción.
Debía de habérmelo imaginado. ¿Quién mejor que ella para haber fisgoneado entre sus conocidas? Si alguien podía ostentar dicho mérito, esa era ella, sin ningún tipo de duda.
—¿Descripción del asesino?
—No. Descripción del hombre que le contrató. Por lo que me ha contado es un maleante vulgar de poca monta con antecedentes penales el que dio muerte a tu padre. Y fue en el mismo Metro, sin muchos cuidados por ambas partes, el que se negoció un asesinato, el de tu padre, y se pactó un precio. ¿y sabes lo mejor? En el mismo Metro fui tomando apuntes e hice un retrato robot según Dolores me iba indicando. Según ella misma me ha dicho al terminarlo, el parecido fisionómico es muy grande, aunque claro está, el encontrarlo va a ser aún más difícil que encontrar al sicario que contrató.
—Puede que quedaran allí, por ser un lugar en contínuo movimiento, y en el que casi todos los viajeros van con prisas a sus destinos y pendientes de sus teléfonos móviles o de cualquier otro tipo de dispositivo. Si es así, lo más seguro es que no vuelva a realizar ese trayecto. Yo al menos lo evitaría para sentirme más seguro.
—Si, es posible que fuera así, pero en este caso no lo es.
—¿Qué quieres decir Hui-Yin?
—Según Dolores reside en la zona, y cuando está sin blanca usa el tren para desplazarse. Solo será cuestión de tener paciencia y esperar. Antes o después tendrá necesidad de ir a la ciudad, y entonces estaremos ahí esperándole.
—Amén Hui-Yin. Amén


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