
POSDATA Press | Argentina
Un joven entra al café de la esquina cada tarde. No pide nada especial, solo café. Se sienta, lleva un libro que no lee, y mira. A veces conversa con la moza, otras simplemente escucha el murmullo de las mesas. No está solo, pero tampoco está acompañado Está en pausa. En refugio. En ruido.
I. El hogar como espejo incómodo
Un joven llega a su casa después del trabajo, pero no enciende la luz. Deja la mochila, se cambia, y vuelve a salir. Dice que no soporta el silencio. Que le pesa.
Cada vez más personas buscan estar fuera de sus casas. No por necesidad práctica, sino por incomodidad emocional. El hogar, que debería ser refugio, se convierte en espejo. Y no todos están listos para mirarse. En ese espacio íntimo, el silencio se vuelve protagonista. Y el protagonista incomoda.
II. El ruido como anestesia emocional
Una mujer duerme con la televisión encendida. No por insomnio, sino por miedo a que el silencio le hable.
Vivimos en una época donde el ruido es ritual. El tránsito, las pantallas, las conversaciones ajenas, los titulares que se repiten como mantras. Todo sirve para evitar el encuentro con uno mismo. El silencio activa zonas que duelen. Nos enfrenta con lo que no dijimos, con lo que no resolvimos, con lo que no queremos recordar.
III. La compañía como evasión
Un adolescente pasa horas en redes sociales, saltando de grupo en grupo. No busca conversación: busca ruido.
Estar rodeados no garantiza estar acompañados. Hay quienes buscan multitudes para no escucharse. Hay quienes prefieren el bullicio antes que el eco. La compañía se vuelve estrategia de evasión. Y el hogar, cuando no se habita con conciencia, se transforma en territorio hostil.
IV. Lectura simbólica
Una mujer mayor enciende una vela cada noche. No por religión, sino para recordar que el silencio también puede ser altar.
Habitar el día no es solo barrer sus restos: es aprender a convivir con el fuego sin estruendo. Porque el silencio, cuando se honra, no es ausencia: es archivo vivo. Y el hogar, cuando se vuelve a mirar con dignidad, no es encierro: es raíz, es mapa, es territorio.
Tal vez no huimos del silencio por lo que calla, sino por lo que revela. Porque en el ruido encontramos refugio, pero no raíz. Y en la compañía constante, a veces, solo confirmamos la ausencia de nosotros mismos. El hogar —cuando se habita con conciencia— no es solo espacio físico: es territorio emocional, archivo de lo que fuimos y posibilidad de lo que aún podemos ser. El silencio, lejos de ser vacío, es el lenguaje de lo que no se ha dicho. Y aprender a escucharlo es también aprender a volver. A volver a casa. A volver a uno.
Fuente e imagen de portada: Posdata Press / Posdata Creaciones



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