El reflejo de tu mirada

Carazu

A través de símbolos profundamente humanos, el cuento y el poema invitan a reflexionar sobre la verdad interior, la fragilidad de las apariencias y la necesidad de hallar abrigo espiritual frente a los desafíos de la vida.

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POSDATA Press | Argentina


Mirta Pavon
Mirta Noemí Pavon

Carazu, hijo de un comerciante, nació en un barrio bonaerense de clase media afectado por la crisis económica. Creció detrás de un mostrador, escuchando los halagos de las clientas y la frase de su madre: "Mi hijo es un torito". Aprendió el oficio de vendedor de su padre, pero se perfeccionó en la seducción y el engaño.

Cada mañana, el joven se miraba en su espejo tramposo, en el que veía solamente a un hombre perfecto, pero no le mostraba sus ojos vacíos, sin rumbo. Se ponía el traje de araña, envolviendo a cuanto ser se le cruzaba, y se colocaba en la frente la etiqueta falsa de "bueno". Hipnotizaba y atrapaba a sus víctimas con sus redes.

Con los años, aumentaron sus víctimas, heridas de corazón por sus promesas que jamás cumplió. Su negocio fue un lugar propicio para embaucar, pero no suficiente. También frecuentó eventos sociales para moverse libremente.

En uno de esos eventos conoció a Isis, con quien quedó encantado por su belleza, y formó una relación amorosa. No pudo dejar su costumbre de ser engreído ni de minimizar a la muchacha remarcando sus defectos. Isis fue descubriendo la verdadera personalidad del joven.

Un buen día, le pidió pasear por un lago. Al llegar al lugar, la muchacha arrojó una piedra al embalse cristalino y turquesa. La piedra formó un espiral que emitió una música armoniosa de mantras, y comenzó a meditar, conectándose con el paisaje.

En cambio, Carazu se encantó con su imagen. Pero la piedra desfiguró su reflejo: se vio anciano y arrugado. Se preocupó, se entristeció y no quiso envejecer. Allí comenzó su angustia.

Isis se alejó. No pudo conectarse con quien solo fue una apariencia y solo se preocupó por la estética.

Desde ese día, Carazu no volvió a mirarse al espejo. Temía encontrar en él al anciano que había visto en el lago, pero más aún temía descubrir el vacío que siempre había llevado dentro.

El espejo permaneció colgado en la pared, silencioso y paciente. Ya no reflejaba al hombre perfecto que él imaginaba ser, sino la verdad que nunca quiso aceptar.

Y una mañana, cuando reunió valor para enfrentarlo, no encontró su imagen. Solo vio desfilar los rostros de quienes había engañado. Entonces comprendió que había pasado la vida admirando una máscara y que, detrás de ella, ya no quedaba nadie.

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OIG2

La apacheta

Apapacho,
apapáchame,
apacheta,
con esta ofrenda
de protección,
como nido tibio
junto a la montaña
de desafíos cotidianos,
con enredos y desenredos,
con clemencia y cuidado.
Apapáchame, apacheta,
junto a la montaña,
con tus catorce colores,
como ebria cargosa,
regálame melodías
con rituales a la Pacha,
en el silencio de los ecos.

Antes de que te vayas, te dejo una más

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